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Me llamo Mariano Núñez Hernández, nacía en Cuba hace 40 años pero soy ciudadano estadounidense, y si todo ocurre como tengo previsto, cuando leáis estas notas ya habré muerto.

Llevo más de siete años encerrado en esta prisión y si he podido superarlo ha sido porque cada día que pasaba me quedaba un día menos para salir en libertad. Pero hace aproximadamente una semana los médicos de la prisión me han diagnosticado que tengo una enfermedad incurable y que me quedan pocas semanas de vida. Desde ese momento supe que no podría resistir esta angustiosa espera y que sería yo mismo quien pondría fin a mis días, ya que no tenía ningún sentido alargar mi agonía sabiendo que muy probablemente moriría antes de que se llegase la fecha de finalización de la condena.

Desde entonces he estado sopesando cual sería el momento idóneo para quitarme la vida. Aunque os pueda parecer una tontería, he de reconocer que soy algo supersticioso, y hasta para un acto como el suicidio, me gustaría escoger alguna fecha que tuviera algún significado. Había pensado hacerlo el próximo día 30 de abril, que es mi santo. Pero acabo de escuchar una noticia por la radio que me ha hecho cambiar de planes. Esta madrugada ha fallecido el príncipe Rainiero de Mónaco. Si desconocéis los motivos por los que fui condenado –cosa que supongo, ya que mi proceso se llevó en el más absoluto de los secretos- seguramente os preguntaréis que tendrá que ver esto conmigo. En seguida os lo explicaré, ya que voy a aprovechar estas últimas notas para confesar mi delito y para divulgar lo que hice con los objetos sustraídos. El caso es que el fallecimiento del príncipe Rainiero lo he interpretado como una señal de que también ha llegado mi hora, así que cuando acabe de escribir estas notas y de disponer lo oportuno para que las mismas tengan la máxima difusión posible, me ahorcaré en esta misma celda con un cable que hace días cogí del taller de la prisión.

Aunque hasta ahora he negado ser el autor de los hechos por los que fui condenado, ha llegado el momento de decir la verdad. Efectivamente, yo fui quien cometió los robos que sufrieron Marta Luisa de Noruega, el príncipe Rainero de Mónaco, la Gran Duquesa de Rusia y Marie Chantal Miller durante la boda de la infanta Cristina de España que se celebró en Barcelona en el año 1997. No me arrepiento de los hechos cometidos. Únicamente lo siento por mis padres Albino y Ángeles, a quienes mi comportamiento ocasionó tan enorme disgusto que, tras caer en una profunda depresión, fallecieron a los pocos meses de mi entrada en prisión. Pero no lo siento por las víctimas. Sólo les quité unos objetos que habían obtenido sin ningún esfuerzo y que para ellos no tenían ningún valor en comparación con todo su patrimonio.

Quizás os pueda extrañar que cometiera estos delitos ya que, pese a mis humildes orígenes, había conseguido un puesto de trabajo digno que me permitía vivir con cierta holgura. Pero fue precisamente como consecuencia de estar al servicio de la familia real iraní, cuando empecé a envidiar la vida relajada de esos parásitos, quienes, sin realizar ningún tipo de trabajo llevaban una vida llena de lujos y comodidades. Por eso, cuando supe que iba a estar durante varias horas codeándome con los miembros más insignes de la realeza, se me ocurrió sacar provecho de esta circunstancia. No resultó nada difícil hacerme con las joyas, pues ya desde pequeño adquirí una gran habilidad y destreza para quitarle a los demás algo que llevasen encima sin que se dieran cuenta, a lo que hubo que añadir la confianza de las víctimas, quienes en ningún momento podían sospechar que un miembro del servicio de seguridad que se les acercaba para ayudarles o para protegerles en realidad les iba a robar.

Desde un primer momento mi plan era no traerme el botín a los EEUU, sino dejarlo en la caja de seguridad de un banco de Barcelona, con la idea de recogerlo en cualquier otra ocasión que volviese a España, lo que no eran infrecuente debido a mi trabajo, o en todo, caso aprovechando los días que tendría de vacaciones durante la siguiente Navidad. Así que, nada más llegar a Barcelona, alquilé una caja de seguridad en el banco que ofreció más garantías de discreción. Pero un cambio imprevisto en los planes de los miembros de la familia real iraní echó por tierra mi proyecto. En un principio habían planeado quedarse unos días más en Barcelona después de la boda, y regresar a EEUU el martes, pero el mismo sábado por la noche me comunicaron que habían cambiado de idea y que ya habían dado las órdenes al equipo de vuelo de su avión privado para regresar a EEUU al día siguiente, ya que la nuera de Farah Diba quería acudir a una fiesta en Nueva York el lunes. Aunque este cambio de planes tenía algún aspecto positivo (pues, aunque nadie me había visto cometer los robos, era muy posible que las víctimas hubiesen denunciado lo ocurrido y que la Policía se hubiese puesto a investigar, con lo que era preferible salir cuanto antes del país ante la posibilidad de que la Policía encontrase alguna pista que me pudiese involucrar), lo cierto es que esta circunstancia desbarató mis planes, ya que el banco en el que había contratado la caja de seguridad no abriría hasta el lunes, y mi trabajo me obligaba a acompañar en todo momento a la familia iraní, de tal modo que cualquier sugerencia por mi parte de quedarme por mi cuenta algún día más en Barcelona podría haber levantado alguna sospecha.

El cambio de planes realmente me fastidió no sólo porque me obligaba a darle otro destino al botín, sino porque ya me había hecho a la idea de dejar el botín en la caja de seguridad de un banco, y el solo hecho de no poder hacerlo por culpa de un capricho de esa millonaria mimada lo interpreté como una señal de que las cosas iban a salir mal. Así que barajé la posibilidad de buscar otro banco que estuviese abierto en domingo, o incluso pensé en contactar con el banco en el que había contratado el alquiler de la caja seguridad para que me dejasen acceder a la caja aunque fuese festivo. Pero fui consciente que esta insistencia podría despertar sospechas, así que, muy a mi pesar, tuve que buscar otro lugar donde esconder las joyas hasta que pudiese volver a Barcelona

No tengo ni idea si las joyas seguirán allí después de tantos años. Tened en cuenta que cuando las escondí lo hice pensando que podría venir a buscarlas a las pocas semanas. De todos modos, no he tenido ninguna noticia de que se hayan encontrado, aunque ello no indica nada, ya que al igual que en su momento se ocultó a la opinión pública que se habían cometido los robos, es posible que las joyas se hayan descubierto pero que el hallazgo se halla mantenido en secreto. En cualquier caso, si he podido soportar durante todos estos años las duras condiciones de la prisión ha sido porque mi intuición me decía que las joyas continuaban allí, y que cuando saliese en libertad, podría recuperarlas y disfrutar del dinero que podría obtener con ellas.

Ahora que sé que por culpa de esta enfermedad no voy a poder disfrutar de las joyas, me he planteado qué hacer con las mismas. No tengo ningún amigo o familiar que se merezca que les diga donde están las joyas, pues mis padres murieron al poco tiempo de entrar yo en prisión, y mis hermanos y los pocos amigos que tenía se han desentendido de mí a raíz de que entrara en la cárcel. He descartado la posibilidad de confesar los hechos a la Policía y decirles donde se encuentran las joyas, ya que, o bien se las devolverán a los parásitos que se las robé, o bien se las quedará la propia Policía. También podría llevarme el secreto a la tumba y dejar que las joyas se pudran en el lugar que las escondí hasta que alguien las encuentre accidentalmente, pero realmente no me satisface la idea de que, después de haberme sacrificado tantos años en prisión, nadie obtenga ningún beneficio de ello.

Así que he decidido hacer público el lugar donde oculté las joyas. Pero no lo os voy a poner fácil. Si dijera de forma clara y expresa donde están las joyas, ello supondría entregarlas a las autoridades penitenciarias o policiales de aquí, ya que ellos serán los primeros que leerán estas notas. Prefiero decíroslo de una forma enigmática y críptica para que, al menos, las joyas vayan a parar a quien se lo merezca por ser más inteligente e ingenioso que los demás.

El domingo 5 de octubre de 1997 salí del hotel a primera hora de la mañana llevando las joyas conmigo. El avión no salía hasta las 5 de la tarde, así que disponía de varias horas para decidir qué hacía con las joyas........

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