|
- volver - CARTA DE KRISZTINA GERGELY DIRIGIDA A BCNCONNECTION Estimados señores de BCNCONNECTION: He visto su página web en Internet y me dirijo a ustedes en busca de ayuda. En primer lugar les quiero pedir perdón por las faltas e incorrecciones que seguro se contienen en esta carta, pues ha sido traducida por una vecina que está estudiando español, pero su nivel de conocimiento del idioma es muy limitado. Me llamo Krisztina Gergely, nací hace 40 años en una pequeña aldea situada cerca de la ciudad húngara de Debrecen, y actualmente vivo con mi esposo Péter y nuestros tres hijos en un humilde barrio situado en las afueras de Budapest. En el mes de marzo de 2005 recibimos la noticia, a través de la embajada húngara en París, que mi tío József había fallecido. Nunca llegué a conocer a mi tío József, pues muchos años antes de que yo naciera, se tuvo que marchar de Hungría. Ello ocurrió en a finales del año 1956. Mis abuelos paternos, Abel y Marieta, vivían en Budapest, en compañía de sus tres hijos: el mayor, József, el mediano Marcell, y el menor Tibor (que luego sería mi padre). Los ingresos de la familia procedían de un respetable negocio de relojería que se remontaba a varias generaciones atrás, y en el que trabajaban mi abuelo Abel y el hijo mayor, József, que entonces tenía 23 años de edad. La historia de la familia, de acuerdo con lo que años después me contó mi padre, sufrió un trascendental vuelco a raíz de la invasión soviética del año 1956. Mi abuelo Abel, que se había mostrado públicamente en contra de la invasión, fue detenido y al cabo de pocos días murió en extrañas circunstancias, quedándose sola mi abuela y sus tres hijos, quienes, ante el cariz que tomaron los acontecimientos, decidió huir de la ciudad y refugiarse con sus hijos en una pequeña aldea cerca de la frontera de Rumania donde vivían unos parientes lejanos. Cuando las tropas soviéticas se acercaron a la aldea, el hijo mayor (mi tío József) decidió escapar para no acabar como su padre. Consiguió salir del país y se refugió en Francia, donde ha estado viviendo hasta la fecha de su muerte. Mi abuela Marieta y los otros dos hijos se escondieron en las montañas, donde consiguieron sobrevivir en condiciones precarias. La situación política se restableció a los pocos meses, pero las desgracias familiares continuaron, ya que mi abuela Marieta enfermó, y murió a los pocas semanas. Los dos hermanos se quedaron en la aldea al cuidado de unos parientes, pero pronto decidieron seguir caminos bien distintos: Marcell decidió seguir la suerte de su hermano József, y marchó del país, mientras que Tibor entró a trabajar como campesino para un terrateniente de la zona. Después de innumerables problemas y de vivir y trabajar temporalmente en diferentes lugares, Marcell consiguió llegar a los Estados Unidos, donde consiguió un trabajo en los muelles de la ciudad de Chicago. De todo esto tenía noticias Tibor gracias a las pocas cartas que Marcell le fue enviando a lo largo de los años, pero desgraciadamente las cartas dejaron de llegar justo después de que en su última misiva Marcell le comentara a Tibor que había decidido mejorar su fortuna enrolándose en el ejército norteamericano para ir a luchar en la guerra de Vietnam. Durante todo este tiempo, mi padre Tibor continuó trabajando en las fincas del terrateniente, y allí conoció a Flora, una chica que trabajaba de lavandera en la misma finca, y de la que se enamoró. A los pocos meses, Flora se quedó embarazada, y Tibor y Flora se casaron apresuradamente. Aunque desgraciadamente Flora perdió el hijo que estaba esperando, al año siguiente tuvieron descendencia (mi hermano mayor Gábor), y pronto llegaron otros dos hijos: mi hermana Izabella y yo. Poco después de nacer yo, mis padres decidieron abandonar la aldea, y se trasladaron a Budapest con sus tres hijos, donde ambos consiguieron trabajo en una fábrica de automóviles. La vida en Budapest no fue sencilla, pero la familia consiguió salir adelante a pesar de las dificultades económicas. Durante todo este tiempo apenas tuvimos noticias de mi tío József, pero sabíamos de su existencia gracias a las cartas que muy espaciadamente se intercambiaban con mi padre Tibor. En estas cartas József apenas explicaba nada de su vida personal (por ejemplo, nunca nos comunicó que se hubiera casado o que hubiese formado una familia); lo único que sabíamos es que vivía en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand, donde había abierto un pequeño taller de relojería que le permitía ganar lo justo para pagar el alquiler del local, en el que también residía. Eso sí, en sus cartas nos daba cuenta con detalles de sus peculiares aficiones (nos contaba que era aficionado a la astronomía y a otras ciencias, y nos daba detalles de algunos extravagantes inventos que había creado), mostrando un interés tan desorbitado por estos temas que mi familia llegó a creer que estaba algo trastocado. También nos comentaba que era muy aficionado a la filatelia, y nos pedía que cuando le escribiéramos le enviásemos los sellos que pudiéramos recopilar. Aunque mi familia no le hacía mucho caso, a mí me causaba gran curiosidad la existencia de este misterioso tío, y fui yo la que se encargó, incluso a través de mis amigos, de conseguir sellos, y de enviárselos a mi tío. En más de una ocasión se nos pasó por la cabeza ir a visitarle a Francia, pero las dificultades económicas de la familia nos impedían afrontar los gastos de dicho viaje. En cambio, mi tío nunca hablaba de regresar a Hungría, y dedujimos que quizás debería tener miedo a posibles represalias por su ideología política, amén de que su situación económica tampoco le debería permitir pagarse el viaje, puesto que de sus cartas se desprendía que sus peculiares aficiones se debían llevar gran parte del dinero que ganaba. A medida que fueron transcurriendo los años, nuestra familia comenzó a disgregarse. Mi hermano mayor Gábor entró a trabajar en una empresa aeronáutica, y a los pocos meses le propusieron ir a trabajar a una fábrica que dicha empresa tenía en Jakutsk, en plena Siberia.. Gábor aceptó el trabajo, ya que las condiciones económicas eran mucho mejores que aquellas a las que podía aspirar en Budapest a su edad, así que se marchó. Nunca más nos hemos vuelto a ver. En un principio nos enviaba alguna ayuda económica, pero pronto se casó y formó su propia familia, y desde entonces nuestros contactos se limitan a escasas cartas. Por su parte, mi hermana Izabella entró en una orden religiosa, y muy pronto se fue del país para desarrollar labores evangelizadoras en el sur de África. Tampoco la he vuelto a ver, y nuestro contacto también se reduce a unas pocas cartas, aun más espaciadas en el tiempo que en el caso de Gábor.. Por mi parte, yo entré a trabajar en una fábrica de calzado, y allí conocí a Péter, con quien me casé en el año 1992. Como les decía al principio de esta carta, hemos tenido tres hijos, y actualmente ambos seguimos trabajando en la misma fábrica. Apenas ganamos lo suficiente para sobrevivir, ya que además de los gastos ordinarios de nuestra familia también tenemos que hacernos cargo de mi madre, quien tuvo que dejar de trabajar anticipadamente debido a una dolencia cardiaca, y quien también vive con nosotros. Por último, os indicaré que mi padre (que era la única persona de la familia que había conocido personalmente a su hermano József) falleció en el año 2002. Perdónenme que me haya extendido tanto en explicarles mis antecedentes familiares, pero me ha parecido que era imprescindible para que puedan hacerse cargo de nuestra situación familiar y para que entiendan los motivos por los que apenas teníamos contacto con mi tío József. . A continuación centraré el relato en lo ocurrido tras el fallecimiento de József y en el motivo que me ha impulsado a escribirles esta carta. Cuando el empleado de la embajada húngara nos comunicó telefónicamente la triste noticia ya habían transcurridos varias semanas desde el fallecimiento del tío József. Se disculpó por no haber podido localizar antes a ningún familiar cercano, y si bien ya hacía varios días que el tío József había sido enterrado, nos comentó, sin embargo, que dentro de pocos días iban a vaciar el local que mi tío tenía alquilado en Clermont-Ferrand y que convendría que algún familiar se trasladase a dicha ciudad para hacerse cargo de sus pertenencias. Aunque apenas disponíamos de dinero para costearnos el viaje a Francia, decidimos que alguien debería ir a Clermont-Ferrand. Fui yo sola, ya que no nos podíamos permitir muchos gastos. Una vez en la ciudad francesa, y tras visitar la tumba del tío József (que había sido enterrado, tal y como él había dispuesto, en el precioso cementerio de Saint Eloy d’Allier, una localidad cercana a Clermont-Ferrand) pude comprobar personalmente la precaria situación en la que había vivido mi tío. Su vivienda estaba en la parte de atrás del mismo taller de relojería, y ambos espacios no ocupaban más que unos 30 metros cuadrados de los bajos de un antiguo edificio situado en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Pude comprobar que, pese a vivir solo y en unas condiciones precarias, József no había conseguido ahorrar nada de dinero, y que lo poco que logró ahorrar se utilizó para sufragar los gastos de su entierro. En cuanto a las pertenencias de József, no encontré nada que pudiera interesarnos. El material del taller era realmente obsoleto, y si bien conseguí venderlo a un relojero de un barrio vecino, obtuve una cantidad pírrica por el mismo. Y en cuanto a los efectos personales de mi tío (que sólo comprendían ropa vieja, muebles aún más viejos, y unos libros que nunca leeríamos) no tuve más remedio que venderlos en bloque a un trapero. Por todos estos efectos sólo obtuve poco más de 200 euros, cantidad que ni siquiera me cubrió los gastos de viaje. Lo único que decidí conservar y llevarme conmigo a Budapest fue la documentación y otros efectos personales de mi tío (fotografías, diarios, libretas, etc.) ya que pensé que, puesto que no lo había conocido personalmente, al menos a través de esos documentos podría averiguar algo más de su desconocida vida. También decidí llevarme su colección de sellos (básicamente por razones sentimentales, pues recordé que muchos de esos sellos se los había enviado yo, y me hizo ilusión comprobar que mi dedicación no había sido en vano, ya que mi tío había conservado celosamente los mismos). Sin embargo, una vez en Budapest, apenas encontramos tiempo para examinar los efectos personales de mi tío, por lo que decidimos guardarlos en un altillo; únicamente de vez en cuando contemplábamos las fotografías, aunque ni siquiera podíamos adivinar quién de las personas que aparecía en ellas era mi tío. Creo que nunca hubiéramos vuelto a reparar en los efectos del tío József si no hubiese sido por un hecho que ocurrió en el mes de junio. A mediados de dicho mes nos visitó Arnold, un pariente lejano de mi esposo, el cual trabajaba en un negocio de filatelia y numismática, a quien explicamos la experiencia de mi viaje a Clermont-Ferrand y a quien comentamos casualmente que me había traído de dicha ciudad la colección de sellos de mi tío. Arnold se mostró interesado en ver la colección, y después de examinarla, nos comentó que se trataba de una colección muy completa y variada, y que alguno de los sellos eran ejemplares ciertamente interesantes, llegando incluso a manifestarnos que podrían tener cierto valor entre los coleccionistas. Conocedor de nuestra precaria situación económica se ofreció a tratar de ponerlos a la venta, y aunque sentimentalmente nos costó desprendernos de la colección, las penurias económicas vencieron a las razones sentimentales, así que aceptamos gustosamente la propuesta. Arnold se llevó la colección, y cada mes nos fue enviando algunas cantidades de dinero correspondientes a la venta de los sellos, cantidades que si bien no eran muy importantes, nos ha permitido vivir de forma no tan apretada durante los últimos meses. Alrededor del mes de octubre Arnold volvió a visitarnos y nos comentó que había examinado con detenimiento los álbumes de sellos del tío József y las fichas y catálogos que mi tío había hecho de los ejemplares de su colección (pues a pesar de lo caótico que era en otros aspectos de su vida, la colección de sellos la había llevado con un orden digno de elogio), y nos manifestó que, de acuerdo con los datos que había podido reunir, creía que József había estado en posesión de una serie de sellos con efigie de un Papa de la Edad Media, sellos que en los últimos años habían adquirido un extraordinario valor entre los coleccionistas, y que, sin embargo, no se encontraban en los álbumes que le habíamos facilitado. Fue este el motivo por el que nos pusimos a revisar con detenimiento los efectos personales del József que habíamos traído de Clermont-Ferrand, no fuera que dichos sellos se encontrasen entre tales efectos. Fue entonces cuando descubrimos más datos acerca de las extrañas aficiones de mi tío, pues encontramos diversos escritos sobre astronomía, matemáticas, y otras ciencias, e incluso descubrimos varios bocetos de lo que parecían inventos estrafalarios. También descubrimos que en los últimos años de su vida mi tío József había mostrado un gran interés hacia las denominadas “cápsulas del tiempo”. Yo no había oído hablar hasta entonces de este tema, pero al parecer las “cápsulas del tiempo” consisten en unas cajas o cofres que contienen objetos cotidianos, las cuales se entierran en un determinado lugar con la finalidad de sacarlas a la luz siglos después, y de este modo dar a conocer a las generaciones futuras como era la vida siglos atrás. Leyendo con detenimiento los diarios y agendas de mi tío no sólo confirmamos su gran afición a las “cápsulas del tiempo”, sino que descubrimos con asombro que él mismo había enterrado personalmente varias de estas cápsulas. Incluso encontramos una pequeña libreta que contenía una relación de todas las “cápsulas del tiempo” que había enterrado, y en la que figuraban la fecha del enterramiento, el lugar, y el contenido de cada cápsula, así como la fecha en que cada cápsula debía ser desenterrada. Según las anotaciones de dicha libreta, todas las cápsulas habían sido enterradas en ciudades francesas, excepto una, que había sido enterrada en Barcelona. Recordé entonces que varios años atrás habíamos recibido una postal de mi tío desde Barcelona, lo que en su momento nos sorprendió mucho, dado que era la primera vez que teníamos noticia que el tío József hubiese salido de Francia. Se trataba de una bonita postal con una vista de toda la ciudad, pero aunque hemos tratado de localizarla, no la hemos encontrado. Leímos con atención los datos relativos a las “cápsulas del tiempo” contenidos en la libreta, y nuestra sorpresa fue mayúscula al leer los datos relativos a la cápsula enterrada en Barcelona. Concretamente, decía así: CÁPSULA DEL TIEMPO NUMERO 8: BARCELONA 14 DE DICIEMBRE DE 1999 UNA MONEDA DE UN FRANCO FRANCES, UNA MONEDA DE VEINTICINCO PESETAS, UN BILLETE DEL METRO DE BARCELONA, TRES SELLOS CON LA EFIGIE DEL PAPA SILVESTRE II, Y CUATRO FOTOGRAFIAS DE LA CIUDAD DE BARCELONA 200 AÑOS Le comentamos a Arnold nuestro hallazgo, y éste nos confirmó que sin duda los sellos mencionados en la libreta eran los que había encontrado a faltar en la colección del tío József. Se trataba de unos sellos pertenecientes a una tirada muy limitada: sólo se habían emitido 25, y los otros 22 estaban localizados. El rastro de los otros tres sellos se había perdido hacia muchos años, y la última noticia de los mismos es que habían estado en posesión de un coleccionista de la ciudad francesa de Aurillac. En las fichas del tío József aparecían estos tres sellos, por lo que concluimos que, por una razón que se nos escapaba, mi tío, sin duda desconociendo el valor de los mismos, había decidido sacarlos del correspondiente álbum e introducirlos en la cápsula del tiempo que había enterrado en Barcelona. Arnold nos comentó que los tres sellos juntos podrían llegar a tener un valor de más de 20.000 euros, por lo que podréis comprender que un primer momento maldijéramos la ocurrencia del tío József, ya que era realmente una desgracia que hubiese decidido meter en la cápsula esos sellos y no otros. Transcurridos esos iniciales momentos de rabia y frustración, llegamos a la conclusión de que deberíamos hacer todo lo que estuviese en nuestras manos para encontrar la maldita cápsula. Si bien en la libreta de mi tío József no figuraba ningún dato más (únicamente constaba que la cápsula que contenía los sellos estaba enterrada en Barcelona), se nos ocurrió que si mi tío había previsto que la cápsula se desenterrara dentro de 200 años, lo lógico es que hubiese dejado dispuestas algunas instrucciones en tal sentido a alguna persona o asociación, quines lógicamente deberían conocer el emplazamiento exacto de la cápsula (o a lo mejor desgraciadamente mi tío estaba tan loco que ni siquiera había previsto eso). Como no descubrimos ningún dato al respecto entre los efectos personales de mi tío, barajamos la posibilidad de que algún amigo o conocido suyo, o alguna otra persona que compartiese con él dicha afición, pudiese conocer la localización de las cápsulas o proporcionarnos alguna ayuda. Estaba claro, pues, que no nos quedaba otro remedio que volver a Clermont-Ferrand para agotar esta línea de investigación. Valía la pena afrontar los gastos de otro viaje a Francia si eso nos servía para descubrir el lugar donde el tío József había enterrado la “cápsula del tiempo”, así que esta vez Peter y yo pedimos fiesta en el trabajo, y nos fuimos unos días a Clermont-Ferrand dejando a los niños con mi madre. Una vez en dicha ciudad nos entrevistamos con amigos, vecinos y conocidos del tío József, y tras muchas indagaciones (las cuales no voy a exponer aquí para no abrumarles más) conseguimos descubrir que mi tío, a través de un complicado dispositivo en el que intervenían un abogado amigo suyo, un Notario de la ciudad, y el director de una sucursal del “Credit Lyonnais”, había dejado las instrucciones precisas para que las cápsulas se desenterrasen en el plazo previsto. Conseguimos hablar con estas personas, si bien, para evitar que las mismas pretendiesen hacerse con los sellos, tuvimos la precaución de no revelarles la cápsula del tiempo en concreto que queríamos recuperar ni la verdadera razón por la que teníamos tanto interés en la misma (así que, en lugar de explicarles la realidad de los valiosos sellos, nos inventamos el pretexto de que József había escondido unas fotos de juventud que nos interesaban por cuestiones sentimentales). De todos modos, ni el abogado, ni el Notario, ni el director de la sucursal bancaria, mostraron el menor interés en ayudarnos, y todos ellos se negaron a facilitarnos los datos sobre la localización de las cápsulas, alegando que su celo profesional les obligaba a respetar la voluntad de su cliente, el tío József, quienes les había rogado encarecidamente que las cápsulas no se abriesen hasta que llegase el plazo previsto. Así que no tuvimos más remedio que volver a Budapest sin haber obtenido ningún resultado. Nos quedó la duda de si alguna de las personas con las que habíamos tratado habría podido llegar a sospechar nuestras verdaderas intenciones (con el consiguiente riesgo de que hiciesen caso omiso de las indicaciones del tío József y procedieran a desenterrar las cápsulas). Pero confiamos en que no, ya que la pobreza del tío József era un dato manifiesto y difícilmente alguien podría sospechar que mi tío hubiese puesto en las cápsulas algo de valor (estas mismas personas conocían al tío József y eran las que se habían encargado del funeral, por lo que tenían que estar al tanto del poco dinero del que disponía mi tío). Cuando ya nos dábamos por vencidos, se me ocurrió volver a examinar con detenimiento los documentos de mi tío József, ya que estaba convencida de que en algún lugar tenía que haber una pista. Me centré en una especie de diario que mi tío escribió cuando estuvo en Barcelona en el que explicaba las visitas que hizo cada día y sus impresiones. Este diario ya lo habíamos ojeado antes, pero no le habíamos dado ninguna importancia ya que en él solo parecía referirse a los motivos científicos que le habían impulsado a hacer ese viaje, pero leyendo con más detenimiento me fijé que en una de las últimas anotaciones mi tío hacía alguna referencia al enterramiento de la cápsula. De todos modos, hemos sido incapaces de sacar nada en claro, ya que además de que el estilo literario de mi tío es muy disperso y caótico, en ese diario hace constante referencia a diferentes lugares y personas de Barcelona que nosotros desconocemos en absoluto. Por eso hemos decidido solicitar la ayuda de BCNCONNECTION, puesto que confiamos que entre sus seguidores habrá alguien que sea capaz de descubrir el lugar donde está enterrada la cápsula. Además estamos dispuestos a agradecer su valiosa colaboración con parte del dinero que obtengamos con la venta de los sellos, en el caso de que encontremos la cápsula y los sellos se encuentren en su interior, A continuación, les envío el contenido literal del diario de mi tío. Está escrito en francés, pero espero que lo entiendan o que lo puedan traducir. Seguiremos examinando con detenimiento toda la documentación que me traje de Clermont-Ferrand (en concreto, vamos a investigar si algunas de las muchas fotografías que saqué de casa de mi tío se corresponden con su viaje a Barcelona) y si encontramos cualquier otra cosa que creamos que pueda ser de interés, se la enviaremos inmediatamente Budapest, a 5 de enero de 2006 (NOTA DE BCNCONNECTION: La anterior carta ha sido algo adaptada y corregida puesto que estaba originariamente escrita en castellano, pero con múltiples faltas ortográficas y sintácticas) - volver - |