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- volver - CARTA DE EDGAR BURÓS URPÍN DIRIGIDA A BCNCONNECTION Apreciados responsables de BCNCONNECTION: Me dirijo a ustedes en busca de ayuda ya que, debido a una serie de infortunios, me encuentro en una situación desesperada. Imagino que les va a sorprender lo que les contaré, pero todo mi futuro depende de que encuentre una llave que escondí en un lugar de Barcelona el día 15 de febrero de 2006. Lamentablemente, soy totalmente incapaz de recordar dónde escondí la llave en cuestión, ya que como consecuencia de una brutal agresión que sufrí justo después de esconder la llave (agresión que incluso me llevó a estar varios meses en coma), padezco una extraña deficiencia psíquica que se traduce en que mi memoria presenta importantes lagunas, de tal modo que si bien soy capaz de recordar con detalle hechos antiguos, en cambio tengo importantes lagunas con relación a los hechos temporalmente próximos al momento en que sufrí la agresión. A continuación les voy a poner en antecedentes para que comprendan por qué es de vital importancia para mí encontrar esa llave. Espero no cansarles con mi relato, y aunque les advierto que posiblemente todo lo que les voy a contar les parecerá un cúmulo de invenciones, les aseguro que se trata de una historia totalmente verídica. Desgraciadamente, mi relato acerca de lo que me ocurrió en Barcelona será bastante confuso y fragmentado, ya que, como les decía antes, mis recuerdos de ese período son mínimos y se reducen a hechos aislados y puntuales, no pudiendo ni siquiera asegurar si se trata de verdaderos recuerdos o si en realidad son meras alucinaciones o imaginaciones mías. En cambio, recuerdo con todo lujo de detalles los hechos sucedidos con anterioridad, de los cuales les explicaré lo que creo que tienen cierta relación con el caso. Me llamo Edgar Burós Urpín, soy natural de Venezuela y tengo 29 años de edad. A los 13 años mis padres fallecieron en un estúpido accidente, y fui acogido por un grupo de religiosos de una institución benéfica que se hicieron cargo de mí y quienes me facilitaron los medios para que pudiese labrarme un futuro. No desaproveché la ayuda recibida, ya que acabé mis estudios secundarios y luego logré licenciarme en Ingenieria de Sistemas por la Universidad “Gran Mariscal de Ayacucho” y en Ingenieria Química por la “Universidad de Oriente”. Nada más acabar mis estudios universitarios entré a trabajar en una importante empresa de telefonía móvil de mi país, concretamente en una división dedicada a la investigación de nuevas tecnologías. Primeramente empecé a trabajar en un sucursal situada en la ciudad de Puerto de la Cruz, cercana a mi lugar de residencia, pero a los pocos meses me ofrecieron un puesto de trabajo más importante en la sede principal de la empresa, situada en la capital Caracas. Además de dedicarme a las tareas concretas que me encomendaban mis superiores, prácticamente desde que empecé a trabajar en la empresa dirigí mis investigaciones a la creación de un modelo de teléfono móvil de dimensiones extraordinariamente reducidas, tarea que poco a poco fue convirtiéndose en una obsesión para mí, y a la que incluso dediqué muchas horas fuera de mi jornada laboral. No obstante, este arduo esfuerzo dio sus frutos, ya que al cabo de unos meses había logrado crear un modelo de teléfono móvil que ocupaba menos de menos de un centímetro cuadrado. En un principio diseñé este modelo de teléfono con la intención de que se pudiese integrar en algún otro accesorio que el usuario soliese llevar siempre consigo, como por ejemplo un reloj o una pulsera, pues de esta manera la llevanza del teléfono no ocasionaba ninguna molestia o engorro para el usuario, y, además, se reducía el riesgo de pérdida o extravío del teléfono (riesgo a tener en cuenta habida cuenta de sus minúsculas dimensiones); además, de este modo permitía que algunas de las funciones del teléfono que no se pudiesen activar a través del mismo debido a su reducido tamaño se pudiesen activar desde el elemento accesorio al que quedase integrado. Sin embargo, mientras iba culminando mis investigaciones, se me ocurrió que lo realmente innovador y revolucionario (ya que los japoneses ya estaban avanzando en la creación de teléfonos móviles minúsculos) sería conseguir integrar el teléfono móvil en el propio cuerpo del usuario. Fui desarrollando esa idea, y finalmente logré crear un teléfono móvil que se podía implantar en el interior de un diente. La creación y perfeccionamiento de ese modelo de teléfono me llevó casi cinco años de arduo trabajo, ya que no sólo tuve que ser capaz de diseñar un teléfono móvil aun más minúsculo, sino que también tuve que crear un revolucionario sistema para conseguir que absolutamente todas sus funciones (marcar un número, descolgar, guardar números en la agenda, etc.) se pudiesen activar mediante órdenes verbales de su usuario, a la vez que también tuve que vencer una serie de obstáculos para conseguir que el teléfono no provocase ningún efecto nocivo en el cuerpo humano y que éste no lo rechazase. Tras registrar este modelo de teléfono en los correspondientes organismos oficiales, presenté mi proyecto a los responsables de la empresa donde trabajaba, aunque sin entrar en detalle de cómo había logrado superar los aspectos más difíciles y controvertidos de mi invención. Estaba convencido de que mi idea les iba a entusiasmar, pues creía y sigo creyendo que se trata de una invención original y revolucionaria, pero, para mi sorpresa, los responsables de la empresa se mostraron bastante escépticos ante mi novedoso proyecto. Tras estudiar durante unos días los pros y contras de mi proyecto, mis superiores me comunicaron que la idea no les convencía. Argumentaron que la tendencia actual era que los teléfonos móviles integrasen cada vez más funciones ajenas a la verdadera telefonía (juegos, acceso a Internet, recepción de imágenes de televisión, etc.), aspectos que, lógicamente, mi modelo no contemplaba, y también argumentaron que creían que el público sería reacio a llevar de forma permanente un elemento extraño en el cuerpo. En definitiva, rechazaron mi idea considerando que no sería rentable desde el punto de vista comercial pues el desarrollo de la misma supondría un elevado coste que difícilmente se compensaría con las posteriores ventas. Aunque me sentí muy desolado con tal opinión (pues en mi fuero interno me había llegado a hacer ilusiones de que mi proyecto me iba a permitir ganar una importante cantidad de dinero y me iba a servir para ocupar un puesto de privilegio en la empresa) acepté a regañadientes las consideraciones de mis superiores, y, en lugar de rendirme, decidí dedicarme a perfeccionar mi proyecto tratando de encontrar soluciones a las objeciones que me habían puesto. Sin embargo, meses después, concretamente a finales del año 2005, descubrí casualmente que un laboratorio vinculado a la empresa donde trabajaba, estaba efectuando estudios para crear un modelo de teléfono de dimensiones muy reducidas. Conseguí averiguar más datos sobre ello, y descubrí que los estudios estaban muy avanzados y que el modelo de teléfono sobre el que se trabajaba era prácticamente idéntico al mío. Mi sorpresa e indignación al descubrir que mi propia empresa estaba tratando de robarme mi idea fueron enormes, y en seguida me dirigí a los responsables de la empresa exigiendo explicaciones. En un primer momento negaron que estuviesen trabajando sobre un modelo de teléfono similar al que yo había creado, pero no tuvieron más remedio que acabar admitiéndolo. Les advertí que tenía el modelo debidamente patentado y que, sin mi consentimiento, no podían crear un producto similar al mío ni sacarlo al mercado, anunciándoles que incluso estaba dispuesto a llevarles a los Tribunales si lo hacían. Mis amenazas no sólo no sirvieron de nada, sino que incluso los responsables de la empresa se pusieron aún más en mi contra. Con una irónica sonrisa en sus labios, me mostraron el contrato de trabajo que yo había firmado años atrás cuando empecé a trabajar para la empresa. Yo no me había apercibido de ello en su momento, pero una de las cláusulas del contrato establecía de forma expresa y rotunda que todos los derechos de propiedad intelectual y propiedad industrial relativos a proyectos, creaciones e invenciones realizados por trabajadores de la empresa valiéndose del material e instalaciones de la misma, correspondían exclusivamente a la empresa y que el trabajador no tenía ningún tipo de derecho sobre ellos. Al descubrir este aspecto de mi contrato que yo desconocía, me quedé sin argumentos, ya que no había duda de que la empresa tendría todas las de ganar si decidía entablar cualquier clase de pleito, pues aunque gran parte de mi proyecto lo había realizado fuera de mi horario laboral, no podía negar que para realizarlo había estado utilizando toda la infraestructura de la empresa. Pero mis desgracias no acabaron aquí: a la vista de la postura de enfrentamiento que había llegado a mostrar con los responsables de la empresa, éstos me indicaron que ya les interesaba contar con mis servicios, y me despidieron fulminantemente alegando mal comportamiento y falta de lealtad a la empresa. Los días siguientes fueron un calvario para mí. Había llegado a autoconvencerme que gracias a mi revolucionaria invención iba a ascender rápidamente en la empresa y me iba a convertir en millonario en pocos meses, y lo que sucedió fue que, de un día para otro, me quedé sin empleo, y con la sensación de haber invertido los mejores años de mi juventud en un proyecto del cual no iba a obtener ningún beneficio, ya que aunque yo seguía convencido de que mi idea era genial y que sería un éxito si se lanzase al mercado, lo cierto es que no sólo no disponía de medios económicos para poder comercializar el producto por mi cuenta, sino que además el contrato que en su día había firmado con la empresa me privaba de cualquier derecho sobre mi propia invención. Ante esta situación, la única solución que vislumbré para poder obtener algún beneficio de mi proyecto era la de vender mi idea a una empresa de la competencia. Tenía que darme prisa, ya que debía vender mi invento antes de que la empresa para la que había trabajado consiguiese culminar los estudios que estaban desarrollando para crear un producto similar. Decidí también que la compradora tendría que ser una empresa extranjera que no pudiese averiguar cuál era mi situación y que no se preocupase por averiguar quien ostentaba realmente los derechos sobre el invento. En definitiva, me propuse vender mi idea a una empresa de un país extranjero a cambio de la mayor cantidad de dinero posible, y abandonar Venezuela, donde mi futuro profesional estaba acabado y donde no tenía ningún familiar próximo que pudiera verse afectado por mi marcha, y comenzar una nueva vida en otro lugar. Aunque a partir de ese momento mi memoria empieza a flaquear, recuerdo que decidí que la mejor oportunidad para vender mi invento sería acudir al “3GSM WORLD CONGRESS” (el congreso más importante de telefonía móvil), el cual se iba a celebrar en España, concretamente en Barcelona, desde el día 13 de febrero hasta el día 16 de febrero de 2006, ya que a dicho congreso iban a acudir directivos y responsables de empresas de telefonía móvil de todo el mundo. También recuerdo que antes de salir de Venezuela me procuré diversa documentación con identidades falsas (lo que no era difícil de conseguir en mi país), pues mi intención era la de actuar bajo un nombre supuesto para no dejar rastro alguno de mi verdadera identidad, y así evitar cualquier posterior problema que pudiese surgir. Asimismo recuerdo que, como mi intención era la de no regresar a Venezuela si todo salía bien, antes de abandonar el país saqué de mi banco todo el dinero que tenía ahorrado y me lo llevé conmigo en mi viaje a España. Mi memoria se debilita aun mas con relación a los hechos que ocurrieron en Barcelona, pues aunque recuerdo con detalle algunos hechos aislados y puntuales, del resto de mi estancia su ciudad sólo tengo recuerdos vagos y genéricos. Sé que llegué a Barcelona el domingo 12 de febrero de 2006, el día antes de la inauguración del Congreso, y que me sorprendió ver que los autobuses de la ciudad iban adornados con banderolas. Me enteré que el motivo era que ese día era la festividad de Santa Eulalia, patrona de Barcelona, por lo que decidí dirigirme a la catedral y rezarle a la santa para pedirle éxito en las negociaciones que iba a entablar en los días siguientes. De paso aproveché para hacer una visita turística por el centro de la ciudad, puesto que los días siguientes iba a estar muy atareado tratando de encontrar el mejor postor para mi invento, y ya que esta era mi primera visita a Barcelona, no quería dejar de ver alguno de sus monumentos y lugares más interesantes. Recuerdo que lo primero que hice la mañana del lunes 13 de febrero de 2006 fue buscar un Banco que dispusiese de cajas de seguridad, ya que no me sentía seguro llevando encima todos mis ahorros y todos los diseños, planos y fórmulas relativos a mi invento, ni tampoco me convencía la idea de dejar el dinero y la documentación en el hotel en que me hospedaba. Después de visitar varias entidades bancarias, encontré una que me pareció idónea, y, utilizando un nombre falso, contraté una caja de seguridad en la que deposité toda la documentación relacionada con mi invento, la mayor parte del dinero del que disponía, y otros efectos personales Recuerdo vagamente que mantuve varias entrevistas con representantes de diversas empresas (con quienes había concertado las citas previamente desde Venezuela a través de correos electrónicos), y que, aunque varias de las personas con las que contacté se mostraron interesadas con mi idea, fue una empresa rusa la única que realmente parecía dispuesta a pagarme una buena cantidad de dinero por mi proyecto sin hacer demasiadas preguntas. Recuerdo que me reuní en dos ocasiones con una espectacular rubia llamada Olga que se presentó como subdirectora comercial de dicha empresa, y que en la última cita concertamos una reunión para el miércoles 15 de febrero a las 9 y media de la noche en la que estarían presentes altos directivos de la empresa y en la que se culminarían los detalles de la venta de mi proyecto. A partir de este momento, mi memoria sólo recuerda episodios de forma superficial y fragmentada. Sé que acudí a la cita al lugar en el que había quedado con Olga llevando conmigo parte de los documentos relacionados con mi invento, pero no los más trascendentes, los cuales sólo pensaba entregar previa recepción del dinero. También recuerdo que Olga me dijo que los directivos de la empresa me estaban esperando en otro sitio, y que nos montamos en un coche que condujo la mencionada Olga para acudir a ese lugar. Lo siguiente que recuerdo es que entramos en un garaje, y mi siguiente recuerdo es que Olga y yo estábamos en lo que parecía la habitación de un hotel esperando a los directivos de la empresa, cuando alguien llamó a la puerta de la habitación. Olga abrió la puerta y entraron en la habitación dos individuos corpulentos y de aspecto desagradable. Recuerdo que reconocí al instante a uno de esos individuos como uno de los guardaespaldas que solían proteger al presidente de la empresa de Venezuela para lo que yo había trabajado. Me di cuenta entonces que me habían tendido una trampa, ya que era evidente que Olga y mis antiguos jefes estaban compinchados, por lo que lo primero que me vino a la cabeza fue intentar escapar de allí. Observé entonces que al otro lado de la habitación, justo enfrente de la puerta por donde habían entrado los dos individuos, había otra puerta, por lo que me dirigí rápidamente hacia ella. Dicha puerta resultó dar a un pequeño cuarto de baño, y me introduje en él cerrando tras de mí la puerta y corriendo el pestillo. El cuarto de baño carecía de ventana o de cualquier otra salida, y en seguida comprendí que no tenía escapatoria, ya que los individuos comenzaron a golpear furiosamente la puerta del lavabo, y era cuestión de segundos que lograsen abrirla. Cuando ya me resignaba a ser atrapado, caí en la cuenta de que llevaba encima la llave de la caja de seguridad donde había depositado mi dinero y toda la documentación de mi proyecto. No podía permitir que descubriesen esa llave y que pudiesen hacerse con toda esa documentación, así que sin apenas pensármelo saqué la llave del bolsillo y la escondí en el lugar del lavabo que me pareció más idóneo: en el interior de la cisterna del váter. Sólo recuerdo que justo después de lograr esconder la llave, consiguieron echar abajo la puerta del cuarto de baño, y que empecé a recibir golpes y patadas. También recuerdo que me insultaron y que me amenazaron con matarme si seguía adelante con mi idea de vender mi invento. Lo siguiente que recuerdo es que, transcurrido un tiempo que no puedo precisar, me desperté. Me encontraba en la misma habitación, a solas. Me dolía todo el cuerpo, sobre todo la cabeza, y presentaba múltiples heridas. En ese momento se me olvidó completamente que acababa de esconder la llave, y lo único que quería era salir cuanto antes de ese lugar. No sé cómo, pero conseguí abandonar la habitación y el edificio, ignorando si alguien me vio salir o si alguien me prestó alguna ayuda. Sólo recuerdo vagamente que era de noche y que estuve caminado por varias calles, y a partir de allí el siguiente recuerdo que tengo es el hecho de despertarme en la habitación de un hospital. Gracias a la información que me facilitaron los médicos y enfermeras del hospital y a través de lo que me contaron los Mossos d’Esquadra que vinieron a interrogarme he conseguido reconstruir lo que me pasó después de recibir la brutal agresión. Al parecer me encontraron muy malherido y totalmente inconsciente en medio de una calle del barrio de Gràcia en la madrugada del jueves 16 de febrero de 2006, y sin llevar encima ninguna documentación (de donde deduzco que las personas que me agredieron me robaron la cartera). Me trasladaron al hospital con un grave traumatismo craneal, y, sin haber llegado a recobrar el conocimiento, entré en coma, permaneciendo en dicho estado varios meses, hasta que me desperté a mediados del mes de junio de 2006. La Policía no tenía ninguna pista de lo que había ocurrido, y yo no ayudé en nada cuando los Mossos vinieron a interrogarme, ya que aparte de que no recordaba casi nada de lo sucedido, no quise explicarles el motivo de mi verdadera estancia en Barcelona, por lo que el caso de mi agresión –que la Policía consideró un robo con violencia- se archivó sin más. En lo único que colaboré fue en facilitarles mis datos personales (ya que hasta entonces estaba sin identificar), lo que motivó que la Policía se pusiese en contacto con el consulado de Venezuela, quien se encargó de avisar a unos familiares lejanos y de gestionarme algún tipo de ayuda para cuando saliera del hospital. Permanecí varias semanas más en el hospital recuperándome. Aunque los doctores me explicaron que como consecuencia de los golpes recibidos, padecería importantes deficiencias en mi memoria, sobre todo con relación a los hechos situados temporalmente próximos al momento de la agresión, yo recordaba perfectamente el motivo por el que había ido a Barcelona, y recordaba también que antes de ser agredido había logrado ocultar la llave de la caja de seguridad donde había depositado mi dinero y todos los documentos relacionados con mi invención, aunque como me advirtieron los médicos, era incapaz de recordar otras cosas. Durante todo el período de mi recuperación no dejaba de pensar en la insólita situación en que me encontraba. Sabía que en una caja de seguridad de un banco de Barcelona estaba mi dinero y toda la documentación relativa a mi invento. Pero mi memoria no sólo no me permitía recordar en qué banco se encontraba la caja de seguridad, sino que ni siquiera era capaz de recordar el nombre falso que utilicé cuando contraté dicha caja de seguridad. Así pues, era evidente que ignorando esos datos me sería imposible poder recuperar mis pertenencias. La única posibilidad que vislumbraba para salir de ese atolladero sería la de lograr recuperar la llave de la caja de seguridad, ya que seguramente a partir de la misma podría identificar el banco, lo que sin duda facilitaría las cosas. Pero el problema es que tampoco tenia la más remota idea de donde estaba la llave. Recordaba perfectamente haberla escondido en la cisterna de un váter justo antes de recibir la brutal agresión, pero desconocía absolutamente el edificio en el que se encontraba dicho lavabo. Durante las horas interminables que pasé en el hospital hasta que me dieron el alta definitiva, estuve tratando infructuosamente de recordar más detalles que me pudiesen dar alguna pista del lugar al que me había llevado la supuesta Olga la fatídica noche del día 15 de febrero. Estoy convencido de que la llave debe seguir aún en el lugar en que la oculté, ya que recuerdo que la escondí de tal manera que, aun cuando se hayan realizado tareas de limpieza en la cisterna, difícilmente alguien se habrá percatado de la presencia de la llave. A mediados del mes de julio de 2006 salí del hospital. Me hubiese gustado quedarme unos días más en Barcelona, no sólo para hacer un poco de turismo (ya que nunca había estado en esa ciudad, y me iba a ir sin apenas haber visto nada), sino porque tenía la esperanza de que, si me dedicaba a patear la ciudad, a lo mejor conseguía identificar el edificio al que me había llevado la supuesta Olga, o, al menos, conseguía reconocer alguno de los lugares por donde había estado deambulando las horas posteriores a recibir la paliza. También creía que si me dedicaba a visitar entidades bancarias a lo mejor llegaba a reconocer la que finalmente había escogido para contratar el alquiler de la caja de seguridad. Pero no tenía nada de dinero. Así que me vi obligado a aceptar la invitación del consulado de Venezuela, que se ofreció a costearme un billete de avión a mi país. Desde que regresé a Venezuela he estado viviendo en casa de unos parientes lejanos en la ciudad de San Fernando de Atabapo, en el estado de Amazonas. Llevo varias semanas no haciendo nada más que descansar y tratando de recordar alguna cosa más que me ayude a localizar el lugar donde escondí la llave. He de admitir que esta vida sedentaria está dando sus frutos, ya que me han venido a la memoria algunos episodios fugaces, aunque no puedo asegurar si se corresponden con las horas posteriores a la paliza o si se corresponden con los días anteriores que pasé en Barcelona. En mi afán por recordar más datos decidí probar suerte con Yakubana, una especie de “hechicera” que reside en una aldea vecina, y que es muy conocida en toda la zona por curar amnesias y dolencias semejantes. Aunque en un principio no parecía que mis visitas a Yakubana estuviesen sirviendo de algo, la hechicera decidió suministrarme unas hierbas que crecen en la selva amazónica y que tienen un gran poder hipnótico, y, para mi sorpresa, resulta que, bajo la influencia de esas hierbas, son muchos los datos que van aflorando a mi memoria, según me cuenta la propia Yakubana. El problema es que, cuando recobro la consciencia, apenas recuerdo los episodios que he sido capaz de rememorar durante las sesiones de hipnosis. Por ello, decidí registrar con un magnetófono las ulteriores visitas que hice a la hechicera, para así luego estudiar e interpretar con más calma los datos que había sido capaz de recordar mientras permanecía hipnotizado, aunque para mi desgracia, ni aún así he sido capaz de averiguar el lugar donde escondí la llave. Fue entonces cuando, navegando por Internet, descubrí casualmente la existencia de BCNCONNECTION. Tengo la esperanza de que con todos los datos que he ido rememorando, sobre todo a través de las sesiones hipnóticas a las que me ha estado sometiendo Yakubana, quizás ustedes sean capaces de identificar el lugar de Barcelona al que me llevó Olga la noche del día 15 de febrero de 2006 y en una de cuyas habitaciones, concretamente en un cuarto de baño, escondí la llave que con tanto anhelo necesito para poder salir de la situación en que me encuentro. Por eso he decidido enviarles la trascripción de la última sesión hipnótica a la que me sometó Yakubana el pasado día 18 de agosto de 2006, y en la que la hechicera me interrogó de forma concienzuda sobre lo ocurrido el día 15 de febrero de 2006. Ya verán que, pese a mis lagunas de memoria, en dicha conversación aparecen varios datos que, aunque para mí son indescifrables, espero que a ustedes les sean suficientes para poder localizar el lugar donde escondí la llave. Espero con impaciencia sus noticias Edgar Burós Urpín San Fernando de Atabapo, a 24 de agosto de 2006 - volver - |