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- volver - CARTA REMITIDA POR SERGI VENDRELL FARRÉ A BCNCONNECTION Mi nombre es Sergi Vendrell Farré, tengo 26 años de edad, soy licenciado en económicas y hace unos meses que estoy trabajando para una importante firma de asesores bursátiles. He decidido ponerme en contacto con BCNCONNECTION porque estoy tratando de reconstruir un episodio de la historia de mi familia y me encuentro en un callejón sin salida. Los hechos que les voy a relatar están relacionados con la desaparición durante la Guerra Civil de unas joyas de mis bisabuelos. Lógicamente, no tengo ninguna esperanza de recuperar tales joyas, ya que, como les digo, los hechos que les voy a contar se remontan a la Guerra Civil, y por tanto es prácticamente imposible que las joyas aún puedan permanecer ocultas en algún lugar, pero aun así estoy interesado en descubrir todo lo que pasó, y confío en que alguno de los seguidores de BCNCONNECTION me pueda proporcionar la ayuda que necesito. Aunque la parte principal de esta historia tuvo lugar durante la Guerra Civil, voy a comenzar el relato en el año 1999. Dicho año falleció mi tía abuela Casilda Vendrell Soto. En el momento de su muerte Casilda vivía sola en un piso señorial de la Rambla de Catalunya de Barcelona, donde había nacido en el año 1922. Dicho piso lo había adquirido a principios del siglo pasado mi bisabuelo Raimundo Vendrell, un rico empresario textil. Él y su esposa, mi bisabuela Florencia, vivieron allí toda su vida (con la excepción del período de la Guerra Civil, en que tuvieron que huir al extranjero). Raimundo y Florencia, tuvieron cinco hijos, entre los que se encontraban mi abuelo Albert y mi tía abuela Casilda. Casilda fue la única de los cinco hermanos que permaneció soltera, y mientras los demás hermanos, a medida que contrajeron matrimonio, se fueron del piso y se instalaron en otros lugares, Casilda permaneció en el piso de la Rambla Catalunya junto con sus padres Raimundo y Florencia. Cuando en la década de los años setenta fallecieron mis bisabuelos, Casilda siguió viviendo en el piso ella sola, hasta que, como os dije antes, murió en el año 1999, después de sobrevivir a todos sus hemanos. Durante las más de dos décadas que la tía abuela Casilda vivió sola en el piso de la rambla de Catalunya, éste fue el oscuro objeto de deseo de todos los miembros de la familia (ya que el piso seguía a nombre de mi bisabuelo Raimundo, y nunca había sido formalmente objeto de transmisión hereditaria, por lo que, en teoría, todos sus descendientes teníamos algún derecho sobre él). Aunque todos respetamos siempre el deseo de la tía abuela Casilda de seguir viviendo allí (aunque el piso se le hubiese quedado grande para una mujer sola), lógicamente, tras su fallecimiento surgieron los típicos problemas familiares con relación a la titularidad del piso y el destino que había que dar al mismo. No quiero cansarles con los detalles de las trifulcas familiares que se desencadenaron pero pueden imaginárselo. Aunque el piso se encontraba en un estado bastante deplorable (prácticamente no se había hecho ninguna reforma desde su construcción) se trataba de un piso de más de 300 metros cuadrados ubicado en una finca modernista de categoría. Éramos más de veinte personas, entre nietos y biznietos, los que teníamos derechos sobre el piso, lo que dificultó que pudiéramos llegar a cualquier tipo de acuerdo. A cualquiera de nosotros, entre los que me incluyo, nos hubiera encantado quedarnos con el piso, pero el precio que tendríamos que abonar a los demás coherederos –en el caso de que llegásemos a un acuerdo al respecto- estaba lejos de nuestro alcance. La otra opción era vender el piso a una tercera persona, o, al menos, alquilarlo, y repartirnos los beneficios entre todos los herederos, pero hubo un sector de la familia que se opuso a tal opción exigiendo precios desorbitados. El caso es que, debido a esta falta de acuerdo, el piso permaneció sin ocupar durante varios años (lo único en que logramos ponernos de acuerdo fue en el modo de repartirnos los objetos que había en el piso, aunque hay que decir que Casilda, durante los últimos años de su vida, había tenido que ir vendiendo los cuadros y objetos más valiosos para seguir llevando una vida cómoda y relajada, de tal modo que lo que finalmente fue objeto de reparto sólo fueron libros y otros efectos de escaso valor). Con el transcurso del tiempo se puso de manifiesto que mantener el piso vacío era totalmente antieconómico, pues el mismo generaba unos cuantiosos gastos entre tasas e impuestos diversos y los gastos de escalera. Para colmo, a mediados del año 2003 la comunidad de propietarios se vio en la necesidad de hacer en la finca unas obras de reforma de gran envergadura, lo que nos obligaba a hacer frente a unos cuantiosos gastos. Nos vimos entonces obligados a poner fin a esta situación, a lo que se avinieron todos los coherederos, incluso los que en principio eran más reacios a vender el piso. Coincidió entonces que una importante empresa constructora nos hizo una interesantísima oferta de compra que no pudimos rechazar, y finalmente, en noviembre del 2003, vendimos el piso a dicha empresa. La empresa que había comprado el piso empezó inmediatamente a hacer obras en el mismo, ya que su intención era dividirlo en seis apartamentos de lujo. A los pocos días de inicio de las obras nos comunicaron que en un falso techo de la despensa habían encontrado una caja que contenía diversos documentos. Se trataba de documentos viejos que aparentemente no tenían ningún interés, pero tuvieron el detalle de avisarnos por si podrían tener algún valor sentimental para la familia, indicándonos que si no pasábamos a recogerlos en pocos días los lanzarían al contenedor con el resto de escombros. Nadie de la familia mostró el más mínimo interés por dichos documentos. Pero a mí me picó la curiosidad. Siempre me había interesado conocer más cosas de mis antepasados, y aunque sospechaba que se trataría de documentos sin importancia de la tía abuela Casilda, me intrigaba el hecho de que esos documentos se hubiesen escondido tan celosamente. Así que me dirigí al piso de la Rambla de Catalunya, y los paletas que allí se encontraban me entregaron, sin ni siquiera preguntarme quién era, la caja que habían encontrado. Por un momento se me pasó por la cabeza que dentro podría haber las joyas de la familia que habían desparecido durante la Guerra Civil pero en seguida rechacé tal posibilidad, puesto que los paletas ya habían abierto la caja y, obviamente, de haber habido algo de valor en su interior, se hubiesen guardado de revelar su descubrimiento. Nada más salir de la finca abrí la caja y comprobé que en su interior sólo había varias cartas y un diario personal. Aquella misma noche me puse a leer con detenimiento dichos documentos. Se trataba del diario personal de una tal Gabriela Timoner Talón, y de varias cartas que un tal Pancracio había enviado a la tal Gabriela. Inicialmente me sorprendió que dichos documentos estuviesen escondidos en el piso de mis antepasados (ya que ninguna de estas personas eran miembros de la familia) pero al poco rato de leer las cartas y el diario se desveló el misterio: Gabriela Timoner era una de las criadas que habían servido en casa de mis bisabuelos. En un principio las cartas no parecían ser más que la correspondencia entre dos enamorados y el único interés que me suscitaba el diario es que hacía referencia a aspectos cotidianos de la vida durante la República y la Guerra Civil. Sin embargo, mi pulso comenzó a acelerarse cuando advertí que en esas cartas y en ese diario se hacía también referencia a un episodio de la historia de mis antepasados que nunca habíamos conseguido aclarar. Me refiero a la desaparición de las joyas de la familia que tuvo lugar durante la Guerra Civil. Desde pequeño había escuchado de diversos miembros de la familia diferentes versiones sobre este episodio, pero nadie parecía saber la verdad de lo ocurrido. Lo único que sabíamos es que cuando mis bisabuelos huyeron a Francia tras el estallido de la guerra se llevaron consigo todas las joyas de la familia (al parecer, de mucho valor) pero que cuando se vieron en la necesidad de vender algunas de ellas para poder subsistir en el exilio descubrieron que todas eran falsas. Pues bien, en los documentos que habían aparecido en el falso techo de la despensa de la Rambla de Catalunya no sólo se contenía la explicación a este misterioso suceso, sino que de los mismos se desprendía que las joyas auténticas nunca llegaron a salir de Barcelona, y no sólo eso, sino que las mismas aún podrían permanecer escondidas en algún lugar de la ciudad. Para continuar con el relato hemos de retroceder a la década de los años treinta del siglo pasado, en plena Segunda República. Todo lo que les voy a contar lo he logrado extraer de los contenidos de las cartas y del diario, y de la poca información que he conseguido obtener tras entrevistarme con amigos de infancia de mis abuelos y tíos abuelos que aún sobreviven. Mis bisabuelos Raimundo y Florencia, y sus cinco hijos, junto con un numeroso grupo de criados a su servicio, llevaban una cómoda existencia en el piso de Rambla de Catalunya. Mi bisabuelo dedicado en cuerpo y alma a sus negocios textiles, y mi bisabuela cuidando de la casa y de sus cinco hijos con ayuda de los miembros del servicio. Entre esos criados se encontraba Gabriela Timoner Talón, originaria de un pueblo de Murcia, quien entró a trabajar en la casa en el año 1932 cuando contaba con 18 años de edad. Al poco tiempo de trabajar en el piso de mis bisabuelos Gabriela conoció a Pancracio Terradas Ramos, un joven que trabajaba como chofer para una acomodada familia que vivía en un palacete de la calle Mallorca situado en las proximidades. Gabriela y Pancracio pronto se hicieron muy amigos, y al cabo de unos meses se convirtieron en novios formales. Ello motivó que Gabriela y Pancracio pasaran juntos todo el tiempo libre del que disponían y que Pancracio frecuentara la casa de mis bisabuelos. Sin embargo, la relación de Gabriela con Pancracio no era vista con buenos ojos por los miembros de mi familia, ya que corrían rumores de que Pancracio estaba en contacto con los sectores más izquierditas y revolucionarios de la ciudad, pero nada pudieron hacer para evitar que la relación entre Gabriela y Pancracio siguiera adelante. Los rumores acerca de las ideas políticas de Pancracio no sólo no eran infundados, sino que Pancracio era en realidad uno de los miembros más activos de un partido radical que estaba en contra de la desigualdad de las clases sociales y que luchaba por despojar a la burguesía de sus lujos y riquezas para repartirlos entre los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Mientras no lograsen su objetivo por las vías democráticas los miembros del partido de Pancracio había ideado un plan para apoderarse de algunos bienes materiales de los miembros de la alta sociedad, concretamente de sus joyas (que para ellos representaban el ejemplo más claro del lujo superfluo y suntuoso de esta clase social). El plan era sencillo pero tremendamente efectivo. Se trataba de infiltrarse o de ganar adeptos entre los miembros del servicio de las familias más pudientes de la ciudad, para que éstos sustrajeran las joyas de las familias para las que trabajaban. Luego dichas joyas las llevaban a un taller de orfebrería donde trabajaban miembros del partido, quienes eran capaces, a partir de materiales de escaso valor, de crear piezas con apariencia de verdaderas joyas e idénticas a las sustraídas. Posteriormente, la doncella o el criado que había actuado cómo cómplice se ocupaba de retornar a su lugar las copias efectuadas, y las joyas auténticas se las quedaban los miembros del partido de Pancracio con el pretexto –al parecer cierto- de destinarlas a obras sociales. Aunque por el contenido de las cartas es indudable que el amor que Pancracio sentía por Gabriela era auténtico, también está claro que Pancracio se aprovechó de la relación que tenía con Gabriela para convencerla de que colaborase con él para desarrollar este plan en casa de mis bisabuelos. Gabriela acabó cediendo, y, aprovechando la facilidad que le proporcionaba el hecho de trabajar en casa de los Vendrell, fue sustrayendo de forma paulatina las joyas de la familia. Gabriela se las entregaba a Pancracio, y éste, al cabo de unos días, le hacía entrega de las copias efectuadas, las cuales las retornaba enseguida Gabriela a su lugar de origen, mientras que las joyas auténticas quedaban en poder de los miembros del partido de Pancracio, quienes, según le contaba éste a Gabriela, las utilizaban para sufragar las actividades del partido o para destinarlas a los sectores más desfavorecidos de la ciudad. Según nos cuenta Gabriela en su diario, fueron varias las familias burguesas de la ciudad que fueron víctimas de este astuto plan, y en ningún caso le consta que se hubiese llegado a descubrir la suplantación de las joyas. Quizás influyó en ello que a los pocos meses estalló la Guerra Civil, con la consiguiente convulsión que se produjo en la ciudad. Mi bisabuelo Raimundo, al igual que muchos otros miembros de su clase, se puso en seguida del lado de los que se habían alzado contra la República, convencido de que en pocos días éstos se harían con el control de la situación. Pese a que las cosas no se desarrollaron así, mi bisabuelo siguió colaborando con los alzados, prestándoles ayuda de todo tipo. Sin embargo, la situación se fue complicando, y llegó un momento en que la vida de mi bisabuelo y la de su familia empezó a correr serio peligro debido a la posición que aquél había adoptado tras estallar el conflicto, hasta el punto que se vieron obligados a huir apresuradamente de la ciudad. Mis bisabuelos y sus cinco hijos, con la práctica totalidad del servicio, se refugiaron en un primer momento en la casa de veraneo que tenían en La Garriga, pero también allí se vieron amenazados, por lo que no tuvieron más remedio que escapar al extranjero. Concretamente se instalaron en casa de unos amigos en Biarritz, en donde estuvieron hasta que acabó la guerra. En su huida, mi familia se llevó consigo los efectos más valiosos que pudieron reunir, entre ellos las joyas que creían auténticas, pero que en realidad no eran más que unas copias perfectas y sin ningún valor. Gabriela fue uno de los miembros del servicio de la familia de mis bisabuelos que se negó a ir con ellos, puesto que quería quedarse junto a su novio Pancracio y luchar, dentro de sus posibilidades, a favor de la República, por lo que, si bien les había acompañado a la casa de La Garriga, cuando se enteró de los planes de la familia Vendrell de escapar hacia Francia, decidió dejarlos y volver a Barcelona. El piso de la Rambla de Catalunya fue inmediatamente ocupado por las fuerzas revolucionarias, y se convirtió en la sede principal del partido de Pancracio, y en el lugar de residencia de varios de sus principales activistas, entre ellos Pancracio y Gabriela, quienes se instalaron de forma definitiva en el mismo, llegando a ocupar la suntuosa habitación de mis bisabuelos. El piso de la Rambla de Catalunya también se convirtió en el lugar donde se depositaron las joyas sustraídas merced al plan antes explicado, y que aún no habían sido vendidas o repartidas. Gabriela cuenta en su diario que se quedó sorprendida al ver la enorme cantidad de joyas que se habían llegado a sustraer, y puntualiza que en el momento de inicio de la guerra aún se conservaban la práctica totalidad de las joyas sustraídas a los Vendrell. Los meses fueron pasando y la guerra se complicaba cada vez más para el bando republicano. Los bombardeos sobre la ciudad se sucedían y las tropas nacionales iban ganando terreno. Pancracio tuvo que acudir en varias ocasiones a luchar al frente, siendo de esta época la mayoría de las cartas que encontramos en el falso techo de la despensa del piso. Gabriela, por su parte, cada vez fue adquiriendo mayor protagonismo en las tareas de organización del partido, ya que era la única mujer con funciones dentro del mismo, y los varones cada vez se pasaban más tiempo en los frentes de batalla que en la ciudad. Precisamente era Gabriela la que se encargaba de escoger las joyas que era necesario vender para la compra de armas y para otros fines bélicos, y ella nos cuenta en su diario que, por una extraña razón sentimental, siempre se inclinó por escoger joyas que habían sido sustraídas a otras familias, ya que le costaba desprenderse de las joyas que habían pertenecido a los Vendrell. En el año 1938 transcurrieron los hechos más revelantes de este relato. La guerra cada vez pintaba peor para el bando republicano. Las bajas en dicho bando eran constantes, y la mayor parte de los amigos y compañeros de Pancracio y Gabriela fueron cayendo en el campo de batalla. En el mes de marzo de 1938 se produjeron continuos bombardeos sobre la ciudad que ocasionaron centenares de muertos, entre ellos Enrique Cifuentes Nadal, compañero de partido e íntimo amigo de Pancracio y Gabriela, quien, paradójicamente, pese a haber sobrevivido en diferentes batallas de la guerra, encontró la muerte cuando salía del piso de la Rambla de Catalunya. En verano de 1938 Pancracio tuvo que ir a luchar en lo que se conocería como la batalla del Ebro, la que parecía que iba a ser una larguísima contienda, y, probablemente la definitiva. Como la situación en Barcelona era cada vez más caótica y la guerra podía acabar de un momento a otro, Pancracio no creyó conveniente que las joyas que aún conservaban se quedasen en el piso de la Rambla de Catalunya, ya que las mismas ya no iban a tener utilidad alguna en la ciudad y dado que Gabriela se iba a quedar prácticamente sola en el piso -ya que los demás ocupantes del mismo o ya habían muerto o también iban a participar en la batalla del Ebro- y existía el peligro de que el piso fuese asaltado por descontrolados o por el bando enemigo. La batalla del Ebro se convirtió en una dura guerra de desgaste para ambos bandos y perduró hasta el mes de noviembre de 1938, en que se produjo la retirada republicana. Durante este período Gabriela recibió varias cartas de Pancracio. En estas cartas Pancracio, de forma un tanto críptica y enigmática, le explicaba a Gabriela que finalmente no había podido llevarse consigo las joyas, sino que las había dejado escondidas en un lugar de Barcelona, un lugar seguro donde nadie las podía encontrar (en realidad, Pancracio no utilizaba estas expresiones, sino que, seguramente porque pensaba que las cartas podían llegar a ser interceptadas por el bando enemigo, en lugar de referirse a “las joyas” hablaba de “las fotografías”, y en lugar de decir que “las había escondido” indicaba que “las había confiado a un amigo”). Pancracio le prometía a Gabriela en esas cartas que cuando volviera de frente, y aunque perdieran la guerra, irían a buscar las joyas y se dedicarían a disfrutar de la vida en compensación por los malos ratos pasados en los últimos meses. Pero en esas cartas Pancracio también preveía la posibilidad de que falleciera en el frente, como desgraciadamente estaba ocurriendo con muchos de sus compañeros. En caso de que ocurriese ese fatal supuesto Pancracio también quería que Gabriela se quedase con las joyas y que hiciese con ellas lo que más le conviniese. Para ello Pancracio había entregado una carta a León Bravo Mascarell, uno de los mandos de su batallón, con instrucciones de que se la hicieran llegar a Gabriela en caso de que él muriese en la batalla. En esa carta Pancracio le explicaría a Gabriela el lugar donde estaban escondidas las joyas, pero le advertía que, ante el temor de que la carta fuese requisada y llegase a poder del enemigo, no podría indicarle el lugar preciso y exacto del escondite, sino que se había visto obligado a indicarle el lugar mediante una serie de pistas y claves que con toda seguridad ella sería capaz de descifrar. El caso es que Gabriela nunca llegó a recibir esa ulterior carta. De la lectura del diario se desprende que las últimas semanas del año las pasó Gabriela en una situación de angustia y desesperación, ya que la batalla del Ebro había finalizado en noviembre, y semanas después Gabriela aún no tenía ninguna noticia de Pancracio ni había recibido ninguna otra carta. Tal incertidumbre se despejó poco antes de acabar el año 1938, cuando Gabriela recibió la visita de Arístides Huguet Bagués, un compañero de Pancracio quien le comunicó la fatal noticia de que su novio había fallecido en el frente pocos días antes de la retirada republicana. Gabriela estuvo entonces esperando varias semanas más la carta en la que Pancracio le tenía que indicar donde había escondido las joyas, pero esta carta continuó sin llegar, y sus esperanzas se difuminaron cuando se enteró que León Bravo (quien le tenía que hacer llegar esa carta) también había caído en la batalla del Ebro. El diario de Gabriela concluye el 26 de enero de 1939 (fecha de la caída de Barcelona) y en las últimas anotaciones se refleja la situación de tristeza y pesar en que se encontraba la autora del mismo. No he podido averiguar qué sucedió con Gabriela, aunque todo parece indicar que debió ser fusilada tras la ocupación de Barcelona. En cuanto a mi familia, sé que regresaron de Francia cuando acabó la guerra, y que recuperaron el piso de la Rambla de Catalunya, donde se volvieron a instalar. La historia acabaría aquí si no fuera por unos hechos que ocurrieron hace pocos meses. De todo lo que les he explicado se desprende que la práctica totalidad de las joyas que habían sido sustraídas a la familia Vendrell fueron escondidas por Pancracio en un lugar de Barcelona en el verano del año 1938. Aunque Pancracio le había dicho a Gabriela que las había escondido en un lugar muy seguro, es prácticamente imposible creer que las joyas todavía puedan permanecer allí ya que han transcurrido casi setenta años desde que Pancracio las escondió. He tratado de imaginar dónde Pancracio pudo haber escondido las joyas. Pero sin la ayuda de la carta que Pancracio había dispuesto para que le fuera entregada a Gabriela en la que revelaba el lugar del escondite –carta que Gabriela nunca llegó a recibir- dicha tarea es imposible. Me había olvidado prácticamente de este tema cuando tuvo lugar la devolución a Catalunya de parte del contenido del archivo de Salamanca y el consiguiente revuelo que se produjo. Se me ocurrió entonces que quizás aún quedaba una pequeña posibilidad de desentrañar el misterio ya que se hablaba de que entre los “papeles de Salamanca” había muchos documentos de carácter personal que habían sido requisados durante la Guerra Civil. Era consciente de que se trataba de un tiro al azar, pero tenía que comprobar que entre los famosos “papeles de Salamanca” no se encontrase la carta que Pancracio había preparado para ser remitida a Gabriela en caso de que falleciera en el frente. Indagué al respecto y mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que entre los documentos devueltos a Catalunya figuraba una carta de Pancracio Terradas Ramos dirigida a Gabriela Timoner Talón y que dicha carta había sido remitida a finales de noviembre de 1938. Dicha fecha era posterior a la última carta que había recibido Gabriela, y también posterior a la muerte de Pancracio, por lo que sin duda se tenía que tratar de la carta que Pancracio había preparado por si fallecía en el frente y en la que le revelaba a Gabriela el paradero de las joyas. Tuve que pasar difíciles tramites para conseguir acceder a la carta, pero tras demostrar la vinculación de mi familia con Gabriela, finalmente me hicieron entrega de la misma. Leí excitadísimo la carta póstuma de Pancracio, pero en seguida me desinflé. Como había advertido Pancracio, en esa carta no revela el paradero de las joyas. Lo único que le dice a Gabriela es que antes de partir hacia el frente dejó escrita una palabra en un lugar de Barcelona, y que eso le tenía que bastar para descubrir el escondite de las joyas (a las que se continúa refiriendo como las “fotografías”). Seguidamente Pancracio da una serie de pistas, pero no sobre el lugar del escondite de las joyas, sino acerca del lugar donde había dejado escrita la palabra clave. Me ha sido totalmente imposible desentrañar el misterio. No es que tenga esperanzas de recuperar las joyas de mi familia (ya que si ya era difícil que las joyas continúen escondidas o que el lugar del escondite siga existiendo, más difícil es imaginar que una palabra que Pancracio escribió en el año 1938 -única pista acerca del paradero final de las joyas- aun pueda permanecer escrita o que aun pueda permanecer en pie el lugar donde escribió dicha palabra). Pero con independencia de la práctica imposibilidad de recuperar las joyas, lo cierto es que me gustaría completar esta historia, y conocer cuál fue el lugar donde Pancracio escribió la palabra clave y el lugar donde escondió las joyas, y es por ello que me he aventurado a solicitar la ayuda de BCNCONNECTION. A continuación les adjunto la carta que he obtenido del archivo de Salamanca, esto es, la carta póstuma que Pancracio Terradas Ramos le remitió a Gabriela Timoner Talón con las pistas sobre el paradero de las joyas (o mejor dicho, con las pistas sobre el lugar en el que había escrito la palabra clave), confiando en que alguno de los seguidores de BCNCONNECTION sea capaz de desentrañar el misterio. Barcelona, a 4 de enero de 2007 - volver - |