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- volver - CARTA REMITIDA POR RAMÓN ALBIOL A BCNCONNECTION Me dirijo a ustedes para explicarles la aventura en la que me vi envuelto este verano ya que creo que reúne los elementos idóneos para servir como marco de alguna de las próximas ediciones de BCNCONNECTION ON LINE. La historia que les voy a contar es totalmente verídica. Quizás les sorprenda que estos hechos no hayan salido a la luz pública, pero, por los motivos que más adelante les expondré, las autoridades prefirieron mantener en secreto todo lo ocurrido. Mi nombre es Ramon Albiol y tengo 24 años de edad. Aunque aún me quedan un par de asignaturas para acabar la carrera de periodismo, ya hace años que vengo trabajando en el mundo de los medios de comunicación, donde he realizado las tareas más diversas. En la actualidad dirijo una modesta revista que se distribuye gratuitamente en varios comercios de la ciudad, y además colaboro como “free lance” para diversas publicaciones. Siempre me ha atraído todo lo relacionado con la aventura y con lo desconocido, y por ello entre mis aficiones se encuentra la exploración de lugares abandonados o en ruinas, afición que me ha proporcionado material para elaborar algunos de mis mejores reportajes o artículos. Todo comenzó la tarde del lunes 16 de julio de 2007. Me encontraba en casa sin nada que hacer, pues ya hacía semanas que había acabado las clases de la Universidad y la revista que dirijo no se publicaba en el mes de agosto. Se me ocurrió que era un momento idóneo para visitar un lugar que hacia mucho tiempo que quería conocer: las ruinas del Casino de l’Arrabassada. Mi curiosidad en conocer dicho lugar había aumentado después de leer en Internet las experiencias de varias personas que se habían atrevido a acudir allí y a adentrarse en los pocos restos que quedan. Así que, tras comprobar los datos que había conseguido recopilar acerca de la ubicación exacta de las ruinas, me dirigí hasta allí en mi motocicleta. Llevaba conmigo los elementos necesarios para mi aventura (un casco, una linterna, y unas cuerdas, así como un spray de defensa en previsión de lo que pudiese ocurrir, puesto que había leído en Internet algún comentario de visitantes del lugar que habían tenido algún problema con “okupas” o personas sin techo que residían temporalmente en dichas ruinas). Muchos barceloneses desconocen la existencia de este lugar, pero el Casino de l’Arrabassada fue uno de los edificios más emblemáticos de principios del siglo pasado. Era un edificio lujosísimo que no sólo disponía de las correspondientes salas de juego, sino que además contaba con un prestigioso restaurante, un hotel con capilla incluida, un music-hall, y un completo parque de atracciones, todo ello rodeado de exuberantes jardines con vegetación exótica. Además, según la leyenda, el Casino contaba con una pequeña y discreta habitación, conocida como la “sala de los suicidios”, donde los perdedores acudían para poner fin a sus vidas de forma digna y no tener que soportar la humillación y vergüenza de haber sumido a sus familias en la miseria. Sin embargo, pese al arrollador éxito del Casino (existía incluso una línea especial de tranvía para acceder hasta él), las sucesivas prohibiciones del juego impuestas por las autoridades provocaron su declive. Sus diferentes secciones fueron cerrando paulatinamente, y poco después de la Guerra Civil (durante la cual el Casino se utilizó como refugio o cuartel) el edificio fue derruido. Aunque la vegetación cubría gran parte de las ruinas, no me fue difícil encontrar los restos visibles del Casino. Por el bosque se desperdigaban habitaciones medio derruidas, fragmentos de escaleras y trozos de muros que en nada se correspondían con el original lujo de aquel lugar. Fui dejando atrás las ruinas mejor conservadas y me adentré en el bosque hasta que descubrí lo que parecía la entrada de una cueva. Divisé los restos de unas vías en el suelo, por lo que deduje que se debía tratar de un túnel de la montaña rusa del antiguo parque de atracciones. Me metí en el túnel y lo recorrí un centenar de metros, pero de repente me encontré con que el camino estaba sellado con una placa de hierro. Regresaba a la entrada del túnel cuando a medio camino me percaté de la existencia de un pequeño agujero en la pared que antes no había detectado. Introduje mi cabeza en él y vi que daba a un angosto corredor. Me metí por ese agujero y caminé por el corredor, que se iba ampliando a medida que avanzaba por él, hasta que fui a parar a un pequeño lago. El camino parecía acabar allí, pero con las máximas precauciones me sumergí en el agua y comprobé que al otro extremo del lago el pasillo continuaba. Hasta entonces había encontrado desperdicios y restos de comida que indicaban que otras personas habían estado recientemente en ese lugar, pero a partir de allí tales restos desaparecieron. ¡Me encontraba en un terreno totalmente inexplorado! Seguí caminando por el corredor hasta que fui a parar a una amplia estancia que contenía los restos de lo que parecía una instalación eléctrica abandonada. De ahí salían varios pasillos en diferentes direcciones. Tomé uno de ellos pero al cabo de varios minutos me encontré el camino cerrado con una placa de hierro. Volví hacia atrás y seguí por otro pasillo, encontrándome nuevamente el camino sellado. Volví nuevamente a la estación eléctrica y tomé el tercer pasillo. A lo lejos divisé que el camino estaba también sellado. Fue entonces cuando me pareció escuchar unas voces. Agucé el oído. No había ninguna duda. Las voces parecían proceder del otro lado de la pared. Inspeccioné concienzudamente con la linterna las paredes del pasillo y me pareció ver una pequeña rendija cerca del techo, a través de la cual parecía salir algo de luz. Traté de trepar hasta la rendija, pero la pared era muy alta, por lo que regresé a la estación eléctrica en busca de algún objeto donde pudiera subirme. Encontré un transformador de grandes dimensiones, y, con gran esfuerzo, lo trasladé al lugar donde se encontraba la rendija. Me encaramé sobre él y miré a través de la abertura. Lo que ví me dejó completamente estupefacto. Aunque la visión no era perfecta, vislumbré una pequeña habitación iluminada con antorchas en cuyo interior había una veintena de individuos. Pero lo que más me asustó fue el aspecto de estas personas. Todas ellas estaban completamente cubiertas con túnicas y capuchas blancas, a excepción de la persona que estaba encima de una tarima, y que parecía ser el líder o jefe del grupo –pues portaba una especie de corona sobre la cabeza- el cual iba cubierto con una túnica y un capirote de color morado. La primera impresión que tuve es que parecían nazarenos de una procesión de Semana Santa, pero su aspecto también me recordó a los miembros del Ku Klux Klan. Agucé el oído para tratar de entender lo que decían, pero desgraciadamente la reunión finalizó a los escasos minutos. Lo único que me pareció entender es que ya habían hecho varias pruebas, y que uno de estos ensayos llevados a cabo a finales del mes de junio había dado resultado positivo. El que parecía líder del grupo –y al que los demás miembros se dirigían llamándole “Primer Ministro”- comentó que continuarían con los ensayos antes de entrar en acción, y que en la próxima reunión darían cuenta del resultado de estos ensayos. Antes de disolverse la reunión, todos los asistentes se pusieron en pie y entonaron un himno (del que no pude entender la letra, ya que cantaban en un idioma desconocido para mí). Concluido el cántico del himno, el “Primer Ministro” convocó a los allí presentes para dentro de dos lunes en el mismo lugar y a la misma hora, y poco a poco los asistentes a la reunión abandonaron ordenadamente la habitación por una puerta situada en la pared de enfrente de mi punto de observación. Aunque el acceso a dicha habitación no parecía estar en la zona que yo me encontraba, me dirigí corriendo a la estación eléctrica donde me escondí tras enormes cajas pues no quería que esos extraños individuos descubrieran mi presencia en dicho lugar. Estuve escondido allí un rato prudencial, mientras no dejaba de preguntarme qué era aquello que acababa de presenciar. Parecía la reunión de los miembros de una secta, pero también pensé que podría tratarse de un grupo terrorista al ir todos encapuchados y al haber mencionado que próximamente iban a “entrar en acción”. Dejé pasar casi una hora y salí al exterior. Tras comprobar que no había rastro de persona alguna, me acerqué hasta donde había aparcado mi motocicleta, y regresé a casa. Aquella noche apenas pude dormir, pues no dejaba de dar vueltas a lo que había visto, dudando si debía acudir o no a los Mossos d’Esquadra a explicarles lo que había descubierto. Lo más probable es que hubiese presenciado la reunión de una secta o una sociedad secreta, por lo que mi obligación era informar a los Mossos cuanto antes. Pero en realidad tampoco había escuchado nada concluyente que indicase que se trataba de un grupo peligroso, pues podía tratarse de un juego de rol o de una mera broma. A la mañana siguiente ya había tomado una decisión. De momento no acudiría a la Policía, sino que antes tenía que reunir más datos, por lo que decidí esperar a la próxima reunión del grupo, a la cual “asistiría” desde el privilegiado punto de observación que había descubierto el día anterior. También decidí explicarle mi aventura a Gabriel Marimón, un gran amigo mío que, además, colaboraba conmigo en la revista que yo dirigía. Gabriel se encontraba de vacaciones en el extranjero y no pensaba volver hasta el mes de agosto, pero cuando le telefoneé y le conté lo que había descubierto, Gabriel se mostró muy interesado y decidió adelantar su regreso para poder estar también presente en la reunión del día 30 de julio. Hasta que llegó esa fecha estuve tratando de descubrir más cosas a través de Internet, navegando por las páginas dedicadas a sectas y sociedades secretas, pero no di con nada consistente que pudiese relacionar con lo que había presenciado. También volví en varias ocasiones a las ruinas del Casino, las últimas de ellas ya en compañía de Gabriel. Nos aprendimos de memoria el camino que llevaba hasta la rendija desde donde se podía ver el interior de la habitación y rastreamos otras zonas de las ruinas del Casino, pero no hubo manera de encontrar el acceso a la habitación que habían utilizado los asistentes a la reunión. Por fin llegó el día 30 de julio. A media tarde Gabriel y yo nos dirigimos a las ruinas del Casino. Yo me adentré en los túneles y me dirigí al lugar de observación donde esperé impacientemente a que fueran llegando los miembros de la secta. Mientras tanto Gabriel se quedó en el exterior dando vueltas con la moto por la carretera de l’Arrabasada con el fin de detectar la llegada de los miembros del grupo y de poder descubrir el sitio por el que accedían al camino que les llevaba a la habitación. Poco antes de las ocho de la tarde comencé a escuchar unos ruidos, y al cabo de un rato la habitación empezó a llenarse de gente. Todos iban con la misma indumentaria que en la anterior ocasión, cubiertos con túnicas y capuchas blancas. El último en entrar fue la persona que parecía el líder del grupo, quien, como en la anterior reunión, iba completamente vestido de morado. Después de que todos los presentes entonaran un himno, comenzó la reunión. Fue en ese momento cuando Gabriel llegó del exterior y se colocó junto a mí. En esta ocasión pude escuchar con bastante exactitud todo lo que allí se dijo, confirmándose la primera impresión que tuve quince días atrás cuando me acordé del Ku Klux Klan. Aquella reunión era sin duda una congregación de fanáticos racistas. Fueron tomando la palabra diversos miembros del grupo, quienes se quejaron de supuestos tratos de favor a los inmigrantes por parte de los servicios públicos del país y quienes denunciaron diversas acciones reprobables realizadas por extranjeros, todo ello aderezado con consignas y soflamas racistas. Finalmente tomó la palabra el “Primer Ministro” (era el mismo del otro día pues su voz era inconfundible) explicando que ya faltaba poco para “entrar en acción” y poner fin a esa situación. Señaló que durante las dos últimas semanas habían continuado las pruebas y que concretamente el jueves pasado uno de los ensayos había vuelto a salir bien. Uno de los asistentes se quejó de que como podían decir que había salido bien si no había muerto nadie, y el “Primer Ministro” le recordó que esos ensayos se hacían con dosis pequeñas pero que cuando llegase la hora de la verdad aumentarían la eficacia del producto para conseguir resultados verdaderamente sangrientos. Otro asistente insistió en que había que pasar a la acción cuanto antes, pero el “Primer Ministro” le dijo que de momento seguirían los ensayos, y que no convenía actuar hasta que no pasara el verano, para que la repercusión mediática de la acción fuese mayor. Seguidamente, el “Primer Ministro” empezó a dar cuenta de las reuniones que había mantenido recientemente con líderes de movimientos de similar ideología. Fue entonces cuando el “Primer Ministro” pareció sentirse indispuesto, pues de repente comenzó a balbucear como si no le saliesen las palabras, y empezó a tambalearse como si fuese a desmayarse. Un murmullo se extendió por la habitación, pero en seguida el “Primer Ministro” pareció recuperarse, pues cogió una de las antorchas, y con la otra mano asió lo que parecía una agenda como si se dispusiese a leer algo. Pero el “Primer Ministro” siguió inmóvil unos segundos, hasta que las rodillas se le doblaron y cayó al suelo. En seguida se acercaron a él varios de los asistentes a la reunión, quienes trataron de reanimarlo. Se formó un gran revuelo, pero todo quedó en un susto, ya que a los pocos minutos el “Primer Ministro” se recuperó totalmente, y la reunión siguió adelante. Tras tratar otros asuntos de menor relevancia el acto concluyó con el cántico del himno. El “Primer Ministro” indicó a los asistentes que la próxima reunión tendría lugar dentro de dos semanas a la misma hora y en ese mismo lugar, y poco a poco todos fueron saliendo de la habitación. Tras dejar transcurrir un tiempo prudencial para asegurarnos de que los asistentes a la reunión abandonaban el lugar, salimos al exterior. No se veía a nadie por las inmediaciones. Gabriel y yo estábamos ansiosos por descubrir más cosas por lo que, aunque ya era de noche, nos dirigimos a la zona de la carretera en la que Gabriel había observado que los asistentes a la reunión habían estacionado sus vehículos y se habían adentrado en el bosque. La vegetación en aquella zona era muy espesa y la falta de iluminación era total, pero con la ayuda de las linternas rastreamos concienzudamente el lugar en busca de huellas de pisadas o de marcas en la vegetación que indicasen el tránsito reciente de personas, y finalmente, después de más de una hora de búsqueda, descubrimos una trampilla en el suelo que quedaba totalmente oculta por unos arbustos. Abrimos la trampilla y quedó al descubierto la entrada de lo que parecía un pozo. La oscuridad era total, ya que la luz de las linternas sólo permitía ver el comienzo de una rudimentaria escalera tallada en la pared. Estábamos realmente asustados pero el ansia de descubrir algo más nos animó a meternos en el pozo. Descendimos cuidadosamente por las escaleras, y fuimos a parar a un estrecho corredor. Según nuestras dotes de observación, la habitación quedaba hacia la derecha, por lo que decidimos seguir el pasillo en esa dirección. Tras recorrer varias decenas de metros llegamos a lo que parecían los restos de una bodega, con varios barriles de grandes dimensiones colgados de la pared. El corredor acababa allí por lo que pensábamos que habíamos tomado la dirección errónea. Nos disponíamos a volver hacia atrás en la otra dirección cuando a Gabriel se le ocurrió mirar dentro de unos de los barriles. La sorpresa que nos llevamos fue mayúscula: ¡Dentro del tonel había una veintena de túnicas! La habitación tenía que estar allí mismo, por lo que inspeccionamos el lugar concienzudamente y descubrimos que el último de los barriles no era tal sino que era una especie de pasadizo secreto, ya que en su interior había una pequeña puerta con una inscripción. Un escalofrío nos recorrió la espalda cuando leímos la inscripción y comprendimos su significado: ¡Esa puerta era la entrada a la “sala de los suicidios” que según la leyenda urbana había existido en el Casino de l’Arrabasada!. Franqueamos la puerta y accedimos a la habitación en donde habían tenido lugar las reuniones de la secta. La sala estaba completamente vacía a excepción de unos toscos bancos de piedra y de una pequeña tarima, así como de unas hornacinas dispuestas en las paredes donde se encontraban las antorchas que se utilizaban como medio de iluminación. Encendimos varias de ellas para disponer de mayor claridad que la que proporcionaba nuestras linternas, y registramos a conciencia la habitación pero no encontramos nada, ninguna documentación ni ninguna otra pista. También comprobamos que el techo era muy alto y que desde el interior de la estancia era imposible detectar la existencia de la rendija que nos había servido como lugar de observación. Durante los días siguientes estuvimos discutiendo acerca de los pasos que debíamos seguir. Gabriel insistió en que teníamos que acudir cuanto antes a los Mossos d’Esquadra y explicarles todo lo que habíamos descubierto, ya que de lo que habíamos escuchado se podía deducir que la secta parecía estar planeando un atentado o una acción similar. Sin embargo, yo no estaba de acuerdo en que fuera necesario acudir inmediatamente a la Policía. Lo que habíamos descubierto podría proporcionarnos un enorme éxito en el mundo del periodismo, pero necesitábamos averiguar más cosas. Estaba claro que aunque el grupo pensase cometer un atentado no lo iban a llevar a cabo en los días inmediatos (el líder de la secta había dicho claramente que no actuarían hasta pasado el verano) por lo que en realidad no había razones de urgencia para acudir inmediatamente a la Policía. Finalmente logré convencer a Gabriel de que, al menos, deberíamos esperar a la próxima reunión de la secta. Decidimos que en esta ocasión llevaríamos un equipo de grabación para registrar todo lo que en ella se decía, lo que sin duda nos proporcionaría un material de gran valor periodístico además de poder facilitar a la Policía pruebas más consistentes. Los días transcurrieron muy lentamente pero finalmente llegó el lunes 13 de agosto de 2007. A primera hora de la tarde ya estábamos en nuestro punto de observación con el equipo de grabación preparado. Sobre las ocho de la tarde empezaron a llegar los miembros de la secta. Se notaba algo raro en el ambiente, pues se les veía desanimados y no dejaban de cuchichear entre ellos. Además, el “Primer Ministro” no parecía encontrarse entre los asistentes, pues todos iban vestidos con las túnicas y capuchas blancas, y nadie iba vestido de morado. Uno de ellos se subió a la tarima y, tras presentarse como el “Segundo Canciller”, se dirigió a los allí presentes comunicándoles un hecho que a mí y a Gabriel nos dejó estupefactos, pero no a los miembros de la secta, que ya parecían tener conocimiento de la noticia. El “Segundo Canciller” hizo referencia a la muerte del “Primer Ministro”, quien había fallecido repentinamente la tarde del viernes pasado como consecuencia de un infarto. Al parecer el “Primer Ministro” venía sufriendo del corazón desde hacía meses, y el desvanecimiento de la pasada reunión había sido una manifestación de dicha dolencia. Después de lamentar tan triste pérdida y de loar las virtudes del “Primer Ministro”, el “Segundo Canciller” les comunicó que este luctuoso suceso no iba a variar las actividades del partido, aunque de momento quedarían suspendidas las reuniones en ese lugar hasta que el Comité escogiera un nuevo líder. No obstante, la muerte del “Primer Ministro” había ocasionado un grave contratiempo para poder llevar a cabo la acción que el partido tenía planeada. Resultaba que el “Primer Ministro” era el único que disponía de un dato fundamental para llevar a cabo la referida acción, pues sólo él conocía la fórmula exacta del producto, ya que era él quien la había descubierto. Esta información, así como otros datos de importancia con relación al partido –los nombres de todos los miembros, las actividades realizadas, los proyectos futuros, etc.- la guardaba el “Primer Ministro” en un archivo de su ordenador personal, archivo que estaba protegido con una clave inexpugnable, clave que, por razones de seguridad, únicamente era conocida por el “Primer Ministro”, quien tenía la costumbre de cambiar la referida clave periódicamente. La inexpugnabilidad de la clave era tal que era imposible acceder a dicho archivo sin conocer la clave (ni el más experto “hacker” sería capaz de ello), y no sólo eso, sino que el sistema estaba diseñado de tal modo que si se introducían claves erróneas, al tercer intento se borraba automáticamente toda la información contenida en el archivo. El “Segundo Canciller” informó a los asistentes que la dirección del partido iba a hacer todo lo posible para averiguar cuál era la clave y encareció a todos los asistentes a que si disponían de algún dato al respecto lo comunicasen al Comité, ya que era imprescindible conocer la fórmula para poder perpetrar la acción que llevaban semanas planeando. Lo único que sabían hasta el momento era que en esa ocasión se trataba de una clave de doce letras (pues ya habían inspeccionado el contenido del ordenador, que se encontraba en la empresa del “Primer Ministro”). También sabían que el “Primer Ministro” había comentado en más de una ocasión que la clave la escogía de una palabra o palabras que hubiese visto escritas y que le hubiesen llamado la atención, por lo que iban a centrar todos sus esfuerzos en tratar de averiguar los libros, revistas o periódicos que pudiese haber leído en las últimas semanas por si había alguna anotación en ellos. Después de estas palabras, el “Segundo Canciller” se sentó en uno de los bancos, y la reunión prosiguió por los mismos derroteros que los de la reunión de la quincena pasada. Diversos asistentes fueron tomando la palabra relatando acciones reprobables realizadas por inmigrantes y quejándose de los privilegios que la sociedad les concedía en detrimento de los ciudadanos españoles, todo ello aderezado con consignas y soflamas racistas. Tal y como teníamos planeado, al día siguiente acudimos a la Policía, ahora con más motivo, pues la suspensión de las reuniones en las ruinas del Casino como consecuencia de la muerte del “Primer Ministro” nos dificultaba seguir investigando por nuestra cuenta. La reprimenda que nos pegaron los Mossos por no haberles avisado antes fue tremenda, ya que, de haber tenido conocimiento antes de los hechos, podrían haber irrumpido en alguna de las reuniones y detener a los asistentes. Por suerte, el hecho de que hubiésemos grabado la última reunión mitigó el enfado de los Mossos, ya que, gracias a la filmación, la investigación policial pronto dio sus frutos. En efecto, el grupo policial especializado en sectas enseguida identificó la iconografía y símbolos usados en la reunión como los utilizados por un grupúsculo furibundamente racista del que habían oído rumores sobre su existencia, y que respondía al nombre de “SUPREMACIA BLANCA”. Paralelamente, la Policía comprobó la identidad de las personas que habían fallecido el viernes pasado, y sólo una de ellas parecía corresponderse con el perfil del líder de un grupo racista. Se trataba de Lorenzo Blanco, propietario de una importante empresa farmacéutica, y conocido por la Policía por sus simpatías con grupos fascistas. El siguiente paso fue comprobar si en algunas de las túnicas encontradas dentro del barril aparecían las huellas de Lorenzo Blanco, y efectivamente aparecieron en el capirote morado, por lo que todo parecía indicar que Lorenzo era el individuo conocido como “Primer Ministro”. Con todos estos datos la Policía consiguió sin dificultad una orden para registrar el domicilio y la empresa de Lorenzo Blanco, registros en los que yo estuve presente por el motivo que ahora les explicaré. Resultó que los Mossos que registraban el domicilio de Lorenzo descubrieron que el mensaje de bienvenida del contestador automático del teléfono fijo de dicho domicilio había sido grabado por el propio Lorenzo, por lo que la Policía me solicitó si podía acudir hasta allí para identificar la voz, ya que yo había sido testigo de dos reuniones en las que había podido escuchar la voz del “Primer Ministro”. Acudí raudamente al domicilio y con plena seguridad reconocí la voz en cuestión, por lo que ninguna duda podía caber que Lorenzo Blanco había sido el “Primer Ministro” de la secta “SUPREMACÍA BLANCA”. En el domicilio de Lorenzo la Policía no encontró el ordenador personal del fallecido ni ningún otro dato significativo, aunque a mi me llamó la atención la presencia sobre la mesilla de noche de las fotocopias de un libro. Hice notar a los Mossos que ése podría ser el libro que estaba leyendo el “Primer Ministro” los días antes de su muerte, y que, por tanto, allí se podía encontrar la clave de acceso al archivo secreto contenido en el ordenador, por lo que decidieron requisar las fotocopias. Seguidamente nos dirigimos a la empresa farmacéutica de la que Lorenzo era propietario. En un inicial registro superficial no encontramos nada de interés, lo que tampoco era de extrañar ya que, tras la muerte de Lorenzo, los miembros de la secta podían haber sacado de allí el ordenador y toda la documentación comprometedora. Pero lo cierto es que los miembros de la secta no podían saber, al menos hasta el momento del registro, las averiguaciones que había hecho la Policía, por lo que no había motivo alguno para que se hubiesen llevado nada de la empresa. Así que los Mossos realizaron un registro más concienzudo y lograron descubrir una especie de cuarto secreto que se ocultaba tras la librería del despacho de Lorenzo. Fue allí donde encontramos el ordenador personal de Lorenzo Blanco, así como diversa documentación relacionada con la secta, aunque de escaso interés para la investigación ya que se refería a aspectos organizativos y protocolarios. También encontramos varios recortes de periódico, aunque en ellos no aparecía a simple vista ninguna noticia relacionada con la secta. Encendimos el ordenador y comprobamos que todos los archivos –relacionados en su mayor parte con las actividades de la empresa farmacéutica- eran accesibles, a excepción de uno identificado con las siglas “SB”. Esas siglas se correspondían con el nombre del grupo (“SUPREMACÍA BLANCA”) por lo que sin duda se trataba del archivo donde se contenía toda la información sobre la secta, sus miembros y sus actividades, así como la fórmula a la que el “Segundo Canciller” se había referido en la última reunión. Intentamos abrir el mencionado archivo pero aparecieron doce casillas en blanco reclamando una contraseña (razón por la que, dedujimos, los de la secta creían que la clave debía de tener doce letras). Aunque la Policía había logrado identificar al grupo racista y a su líder, no disponía de datos relevantes para poder desmantelarla o para descubrir sus actividades. Y el hecho de que el líder hubiese fallecido no significaba, como quedó bien claro en la última reunión, que la secta fuese a disolverse o a quedar inactiva. Era imprescindible, pues, averiguar la clave secreta que permitía acceder al archivo donde se contenía toda la información sobre la secta, sobre todo para poder averiguar cuál era la acción que estaban preparando y que pensaban llevar a cabo después del verano (pues aunque el “Segundo Canciller” hubiera informado que el “Primer Ministro” se llevó a su tumba el secreto de la fórmula, no se podía descartar que la pudiesen volver a obtener). Ciertamente, la clave podía ser cualquiera, pero yo estaba convencido que en las fotocopias del libro que encontramos en la mesilla de noche del domicilio de Lorenzo Blanco se encontraba la respuesta, por lo que pedí a los Mossos que me dejaran examinarlas. No eran propiamente unas fotocopias, sino que más bien parecían el resultado de la impresión de un documento contenido en un “CD” o en un “diskette”. Esos documentos se correspondían con un tratado de brujería que Jules Michelet escribió en el siglo XIX, pero no se trataba de cualquiera de las ediciones modernas que se pueden encontrar actualmente en las librerías, sino que se correspondían con la edición original o una de la época en que el libro fue escrito, ejemplar que era difícil de encontrar. Examiné varias veces todas las hojas (las cuales presentaban una doblez en una de las últimas páginas, por lo que deduje que Lorenzo debía haber leído casi todo el libro), y aunque hice diversas combinaciones con el título del libro, el nombre del autor y las palabras más significativas que aparecían en el texto, no encontré ninguna pista o anotación que me permitiese asegurar que alguna de esas combinaciones se correspondía con la clave secreta. Los Mossos siguieron investigando en varios frentes. Por un lado, uno de los mejores expertos en informática del país examinó el ordenador de Lorenzo y certificó que era totalmente imposible acceder el archivo sin conocer la clave. No obstante logró encontrar en el caché del ordenador lo que parecía que habían sido las anteriores claves utilizadas (que eran concretamente: “SIMILIBUSCURENTURSIMILIA” y “SANCTUSSANCTUSSANCTUS”). El informático también consiguió desactivar el sistema que hacía que el archivo se borrase si se introducía una clave errónea en tres ocasiones consecutivas. Eso nos permitió ir probando sin temor todas las posibles claves que yo creía deducir de las fotocopias del libro que estaba leyendo Lorenzo, pero por esta vía no obtuvimos ningún resultado. El informático también ideó un programa para ir introduciendo automáticamente todas las claves que se podían generar con doce caracteres, aunque con ese sistema se podían tardar meses en averiguar la clave dado el enorme número de combinaciones posibles. Yo le sugerí, dado que al parecer Lorenzo tomaba la clave de algo que había leído, y a la vista de la naturaleza de las claves anteriores (eran palabras en latín), que circunscribiese la búsqueda aleatoria sólo a combinaciones de letras que tuvieran algún sentido o significado, ya fuera en latín o en alguna otra lengua, pero eso tampoco garantizaba que obtuviéramos la clave correcta en un corto plazo. La Policía también examinó con más detenimiento los recortes de periódico que habían encontrado en el despacho de Lorenzo Blanco. Y en seguida descubrieron que casi todos ellos se referían a dos hechos que habían ocurrido en la ciudad de Barcelona en las últimas semanas. El día 30 de junio de 2007 un individuo de origen marroquí había atropellado a varias personas que caminaban por una acera de la Plaza Catalunya, suceso de por sí bastante inexplicable (ya que el conductor dio negativo en la prueba de alcoholemia) pero que éste justificó señalando que había perdido el control del coche al recordar una gran paliza que había sufrido en ese mismo lugar hacía dos años. Pero semanas después, concretamente el día 26 de julio de 2007, un individuo de origen rumano atropelló también inexplicablemente a varias personas que estaban sentadas en una terraza de un bar de la calle Mallorca. Tales atropellos nunca habían sido relacionados entre sí, pero el hecho de que Lorenzo hubiese guardado las noticias relativas a ambos incidentes hizo sospechar a la Policía que ambos sucesos podían tener algo que ver con la acción que estaba planeando la secta (máxime cuando las fechas de los atropellos se correspondían con los días en que, tal y como yo escuché en las dos primeras reuniones, habían tenido éxito los “ensayos” que la secta estaba llevando a cabo). La otra línea de investigación de la Policía fue la de tratar de identificar a algún otro miembro de la secta a partir de las huellas dactilares encontradas en las demás túnicas. Se trataba de un tiro al azar, ya que el cotejo sólo se podía realizar con las personas que hubiesen sido detenidas en los últimos años y cuyas huellas se encontrasen en los archivos policiales. Pero afortunadamente hubo suerte, y por esta vía los Mossos lograron descubrir que una de las huellas pertenecía a Álvaro Cañizo, un individuo que tenía antecedentes por lesiones y desórdenes públicos. Los Mossos consiguieron localizar a dicho individuo y lo detuvieron. Después de someterle a hábiles interrogatorios, Álvaro no sólo confesó, sino que incluso se avino a colaborar activamente con la Policía, siempre que se le garantizase inmunidad y protección. La Fiscalía se mostró de acuerdo en no perseguir penalmente a Álvaro ni a ningún miembro del grupo (de hecho, no habían llegado a materializar ninguna acción que hubiese ocasionado graves resultados) siempre que dicho individuo proporcionase datos suficientes para poder desmantelar la secta (o al menos para identificar a sus miembros y poder tenerlos controlados) y siempre que revelase la acción que tenían planeada. Fue gracias a la confesión de Álvaro que se descubrió la naturaleza y alcance de dicha acción. Tal y como la Policía había sospechado, la misma tenía relación con los extraños atropellos antes mencionados. El laboratorio de la empresa de Lorenzo Blanco había logrado obtener un producto que, a las pocas horas de haber sido ingerido, provocaba en quien lo había tomado pérdidas de conciencia así como reacciones violentas y agresivas. El plan de la secta era suministrar tal preparado, sin que éstos lo supieran, a inmigrantes extranjeros, con el fin de provocar que los mismos, bajo los efectos de dicha sustancia, realizaran actos violentos. Con este maquiavélico plan los miembros de “SUPREMACIA BLANCA” perseguían poner a la población española en contra de magrebíes, negros, sudamericanos, y demás inmigrantes extranjeros extendiendo la creencia de que todos ellos eran personas salvajes y agresivas y que ellos eran los culpables de la violencia que reinaba en nuestra sociedad, pues estaban convencidos de que sólo así podrían lograr que sus postulados racistas fuesen plenamente aceptados por la mayoría de la población. Tanto el conductor marroquí como el conductor rumano habían estado, horas antes de que ocurriesen los atropellos, en un bar donde trabajaba un miembro de la secta, y fue en ese bar donde se les suministró, oculta en su bebida, una pequeña dosis del producto descubierto por Lorenzo, siendo la ingestión de dicho producto la que había provocado que ambos conductores sufrieran una repentina alteración de sus facultades. Estos actos fueron meros ensayos (pues se utilizaron dosis bajas y el producto se suministró a pocas personas), ya que el verdadero plan de la secta consistía en suministrar el brebaje a los inmigrantes en gran escala y en dosis mucho más tóxicas, confiando en que éstos, bajo el efecto de dicho producto, llevasen a cabo acciones verdaderamente brutales y sangrientas. Todo ello con la seguridad de que dicho producto no sería detectado ni con los más sofisticados análisis, pues sus componentes se diluían a los pocos minutos en el organismo humano sin dejar rastro. El pacto alcanzado entre la Policía y Álvaro Cañizo, y la conveniencia de no alarmar innecesariamente a la población por unos hechos que se pudieron abortar a tiempo, han sido los causantes de que las autoridades decidieran que estos hechos que les acabo de relatar no debían salir a la luz. Aunque sin duda hubiese logrado un gran éxito periodístico si se me hubiese permitido elaborar un reportaje con toda esta historia, no he tenido más remedio que avenirme a guardar el secreto. En contrapartida, los Mossos me han asegurado que no me sancionarán por no haber acudido inmediatamente a denunciar lo que había descubierto, y también me han garantizado un trato directo con la Policía que en el futuro me servirá de gran utilidad en mi trabajo. No obstante, y pese a la decisión de mantener en secreto toda la operación, se me ha autorizado a poder contar todo lo ocurrido a los seguidores de BCNCONNCECTION, confiando en que no divulgarán nada de lo aquí explicado. Pero la historia no acaba aquí. Cuando ya nos resignábamos a no poder acceder al archivo secreto contenido en el ordenador de Lorenzo Blanco hasta que el sistema ideado por el informático diese sus frutos, tuve un golpe de suerte. El sábado 25 de agosto, después de tantos días de tensión y emociones, acudí al centro “DIR DIAGONAL” a relajarme en su piscina descubierta. Cuando salí de allí me dirigí a la parada del “Trambaix” atravesando los jardines del doctor Hahnemann, y fue entonces cuando mi vista se fijó en la inscripción que había en un monumento ubicado en dichos jardines: “SIMILIBUS CURENTUR SIMILIA”. Esas palabras me vinieron a la cabeza. ¡Eran una de las claves que Lorenzo había usado anteriormente para proteger el archivo de su ordenador!. Rememoré la otra clave y entonces recordé que la palabra “SANCTUS” aparecía repetida varias veces en una de las torres de la Sagrada Familia. Así pues, las claves utilizadas por Lorenzo, o al menos esas dos, no se correspondían con algo que el “Primer Ministro” hubiese visto escrito en un libro o revista, sino que eran palabras que había visto escritas en algún monumento o edificio. Mientras me dirigía a mi domicilio puse mi mente a trabajar a ver si podía sacar algún provecho de este descubrimiento. Una idea empezó a formarse en mi cabeza. Cuando llegué a casa me conecté a Internet y me puse a investigar. Mis indagaciones me condujeron hasta un edificio de Barcelona. Lamentablemente, según la página web de este lugar, en verano sólo estaba abierto al público los días laborables por la mañana. Decidí esperar hasta el lunes sin comentar a nadie mi descubrimiento ya que se trataba de una mera intuición y posiblemente estaría equivocado. A primera hora de la mañana del lunes 27 de agosto me dirigí a ese lugar, pero para mi sorpresa, me encontré con que el edificio estaba cerrado por obras. Además, según un cartel que había en la puerta, las obras llevaban ejecutándose varios meses. Estaba claro que mi intuición había fallado. Me disponía a regresar a casa cuado advertí que una de las ventanas del edificio estaba abierta. Se me ocurrió entonces llamar por teléfono al número que aparecía en la web y me contestó una mujer muy amable quien me comentó que aun cuando el edificio estaba cerrado al público, había personal trabajando en su interior, y que, según cuál fuese mi solicitud, podrían atenderme. Improvisé que necesitaba hacer unas comprobaciones que eran muy importantes para mi trabajo, y me abrieron la puerta. Una vez en el interior hice una serie de verificaciones, y confirmé que mis sospechas eran correctas. Me puse a inspeccionar el lugar. Y entonces vi algo que me llamó poderosísimamente la atención, pues no tenía ni idea de que en Barcelona hubiese una obra de tales características. Me acerqué a la obra en cuestión y en seguida ví una inscripción, también en latín. Con gran nerviosismo empecé a contar las letras. ¡Eran doce! Aquella tenía que ser la clave. Acudí inmediatamente a la Policía con mi descubrimiento. Abrimos el ordenador, introdujimos las doce letras, y el archivo se abrió. Aunque gracias a la colaboración de Álvaro Cañizo los Mossos ya habían obtenido datos suficientes para identificar a los miembros de la secta y poder así controlar sus movimientos, la valiosa información contenida en el archivo del ordenador de Lorenzo Blanco ha servido de gran ayuda a la Policía. No sólo se contenía allí la fórmula exacta del producto, sino que el archivo guardaba otros muchos datos de gran interés (relación de todos los miembros del partido, datos sobre la financiación del mismo, vínculos de la secta con otros grupos extremistas, etc.). Como les decía al comienzo de esta carta, he pensado que estos extraordinarios hechos de los que he sido protagonista serían idóneos para servir de marco a la próxima edición de BCNCONNECTION ON LINE. La historia que he vivido no sólo tiene los ingredientes básicos de una emocionante relato de aventuras (lugares ocultos, sociedades secretas, etc.) sino que además contiene un lugar incógnita a descubrir, en este caso la obra o monumento de Barcelona donde se encuentra la inscripción de doce letras que Lorenzo Blanco utilizó como clave para proteger el archivo que contenía la información sobre la secta. El único inconveniente es que, si bien yo fui capaz de encontrar dicha clave, en realidad Lorenzo no dejó ninguna pista directa o indirecta sobre la referida obra. Es por ello que, si aceptan mi sugerencia, antes del 7 de octubre de 2007 –día fijado para la próxima edición de BCNCONNECTION ON LINE- les remitiré un conjunto de pistas que en este momento estoy elaborando acerca de dicho lugar incógnita, a fin de que los participantes de BCNCONNECTION ON LINE puedan una vez más poner a prueba su inteligencia y dotes de ingenio y sus conocimientos sobre aspectos culturales de nuestra ciudad. Espero no haberles cansado con este largo relato, pero he querido contarles con detalles todo lo ocurrido para que comprendieran el verdadero alcance de la aventura que he vivido. En contrapartida, me comprometo a que las pistas que les enviaré ocuparán muy poco espacio. Quedo a la espera de recibir noticias suyas, recordándoles que no deben divulgar nada de lo que aquí les he explicado Barcelona, 1 de septiembre de 2007 Ramon Albiol i Ferrer - volver - |